(Texto extraido del Libro Cristianismo Ortodoxo del Metropolita Hilarión Alfeyev)

Durante los primeros tres siglos de su existencia, la iglesia se vio sumida en un estado de conflicto con el mundo circundante. El desafío que el cristianismo presentaba a la tradición judía fue el motivo de la enconada oposición entre el cristianismo y el judaísmo. Esta oposición comenzó ya desde la vida terrena de Cristo: sus principales opositores eran los líderes espirituales del pueblo judío: los sumos sacerdotes, los fariseos y saduceos, que no podían perdonarle su aparente desdén por las tradiciones judías. Obtuvieron de Poncio Pilato su sentencia de muerte, y comenzaron la persecución sistemática de sus discípulos después de su resurrección.

Los Hechos de los Apóstoles mencionan “una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén” que dispersó a los cristianos por Judea y Samaria (Hch 8:1). Esteban, uno de los siete hombres seleccionados por la comunidad de los apóstoles para “servir las mesas” (Hch 6:2), fue una de las víctimas de esta persecución. Luego de su arresto, compareció ante los sumos sacerdotes y expuso toda la historia del pueblo de Israel en un largo discurso acusatorio. Concluyó su acusación con las siguientes palabras: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado” (Hch 7:51-53). En respuesta a este discurso, (que se convertiría en la primera obra escrita de la polémica antijudía), los judíos llevaron a Esteban fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta matarlo.

Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan fue otro mártir que sufrió a manos de los judíos, muriendo por la espada por órdenes de Herodes (Hch 12:1-2). También asesinado por los judíos moriría Santiago, el hermano del Señor, que fue el primer obispo de Jerusalén según la tradición de la iglesia. Fue arrojado desde el techo del templo de Jerusalén.[1] Las persecuciones judías contra los cristianos terminarían con la toma  y devastación de Jerusalén en el año 70 D.c. por el ejército romano comandado por el general Tito, quien luego sería emperador. Ireneo de Lyon y Justino el Filósofo continuaron las polémicas entre cristianismo y judaísmo durante el siglo segundo, seguidos por Orígenes en el siglo tercero; Ufrates el Persa y Juan Crisóstomo harían lo propio durante el siglo cuarto.

La persecución pagana contra los cristianos comenzó en el año 64 D.c., cuando el fuego destruyó una buena parte de la ciudad de Roma, y el emperador Nerón, con el fin de desviar las sospechas que recaían sobre él mismo, acusó a judíos y cristianos de haber iniciado el incendio. Se ha conservado la cuenta que el historiador romano Tácito da de esto:

Y así Nerón, para librarse de los rumores, culpó de él, e infligió los más exquisitos tormentos, a unos hombres aborrecidos por sus abominaciones, llamados cristianos por el vulgo. Cristo, de quien viene este nombre, fue ajusticiado durante el reinado de  Tiberio, a manos de nuestro procurador de la Judea, Poncio Pilato; y aunque por entonces se reprimió algún tanto, aquella perniciosa superstición tornó otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma, donde se concentran y se hacen populares todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes del mundo. Fueron, pues, arrestados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, fue convicta una multitud inmensa, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por su general aborrecimiento a la humanidad. Añadiose a la ejecución de éstos, la burla y escarnio con que se les daba la muerte. A unos los vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros los ponían en cruces; a otros los echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, al faltar la luz del día, les prendían fuego, para que ardiendo con ellos sirviesen para alumbrar en las tinieblas de la noche. Nerón había dispuesto sus huertos para este espectáculo, y celebraba las fiestas circenses; y allí, vestido de cochero, se mezclaba unas veces con el vulgo a mirar el regocijo, y otras se quedaba sobre su coche. Y así, aunque culpables y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a  la compasión, pues se veía que eran personas a quienes se quitaba miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer a la crueldad de uno solo. [2]

Para la iglesia, estas palabras del historiador romano son un importante testimonio de los primeros años de su existencia y del inicio de la era de las persecuciones. Es de gran valor porque quien lo documentó no sólo no era miembro de la iglesia, sino que le era hostil.

Otros testimonios importantes de la misma época son las actas de los mártires, las minutas de los interrogatorios de los cristianos sentenciados a muerte, que fueron registradas por orden de los torturadores. Un buen ejemplo de ellas es el acta del juicio de San Cipriano de Cartago (†258), compilada en la oficina del procónsul de África. Otras fuentes históricas son las reseñas de cristianos que atestiguaron los sufrimientos de los mártires. Entre éstas están El Martirio de San Policarpo de Esmirna (†156), El Martirio de San Justino el Filósofo (†c.165) y El Martirio de las Santas Perpetua y Felicitas (†202).

Hay un tipo especial de testimonio que puede encontrarse en las epístolas de San Ignacio el Teóforo o Portador de Dios (†c.107), obispo de Antioquía que sufrió el martirio durante la persecución del emperador Trajano (98-117). En el 106, Trajano ordenó  a los ciudadanos que presentasen ofrendas a los dioses paganos en ocasión de su victoria sobre los dacios. Ignacio se rehusó, por lo que fue condenado a muerte.  Luego de recibir  su sentencia fue encadenado y, custodiado por soldados, enviado a Roma, donde debía ser despedazado por los leones para espectáculo público. El viaje llevó al obispo por diferentes ciudades, a cuyas comunidades cristianas dirigió sus epístolas. Estas epístolas son el sorprendente testimonio del heroísmo espiritual y la firmeza del obispo frente a una muerte inminente. En su epístola escrita en Esmirna y entregada por los cristianos de Éfeso, Ignacio ruega a los cristianos de Roma que no pidan que se suspenda ni se atenúe su castigo:

Escribo a todas las iglesias, y hago saber a todos que de mi propio libre albedrío muero por Dios, a menos que vosotros me lo estorbéis. Os exhorto, pues, que no uséis de una bondad fuera de sazón. Dejadme que sea entregado a las fieras puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro de Cristo. Antes atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás… Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda yo ser hallado sacrificio para Dios… Desde Siria hasta Roma he venido luchando con las fieras, por tierra y por mar, de día y de noche, viniendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados, los cuales, cuanto más amablemente se les trata, peor se comportan. Sin embargo, con sus maltratos paso a ser de modo más completo un discípulo; pese a todo, no por ello soy justificado. Que pueda tener el gozo de las fieras que han sido preparadas para mí; y oro para que pueda hallarlas pronto; es más, voy a atraerlas para que puedan devorarme presto… Que ninguna de las cosas visibles e invisibles sientan envidia de mí por alcanzar a Jesucristo. Que vengan el fuego, y la cruz, y los encuentros con las fieras, desgarros y fracturas, huesos dislocados, miembros cercenados, el cuerpo entero triturado, vengan las torturas crueles del diablo a asaltarme, siempre y cuando pueda llegar a Jesucristo. Los confines más alejados del universo no me servirán de nada, ni tampoco los reinos de este mundo. Es bueno para mí el morir por Jesucristo, más bien que reinar sobre los extremos más alejados de la tierra. Es Aquél a quien busco, que  murió en lugar nuestro; es Aquél que deseo, que se levantó de nuevo por nosotros… Permitidme recibir la luz pura. Cuando llegue allí, entonces seré un hombre de Dios. Permitidme ser un imitador de la pasión de mi Dios.[3]

Las persecuciones por parte de las autoridades romanas durante los primeros tres siglos de la iglesia fueron irregulares: comenzaban, se sosegaban y luego se renovaban. En el siglo segundo, el emperador Trajano prohibió todas las sociedades secretas que tuviesen leyes diferentes de las del Estado. Naturalmente, los cristianos caían en el presupuesto de esta prohibición. Bajo Trajano, la persecución no era específica contra los cristianos, pero si las autoridades judiciales acusaban a cualquiera de pertenecer a la iglesia, se le sentenciaba a muerte. Durante el reinado de Marco Aurelio (161-180), uno de los más cultos emperadores romanos, se cazó a los cristianos y se instauró un sistema de tortura para forzarlos a renunciar a su fe. Eran arrancados de sus hogares, encarcelados, azotados, apedreados, arrastrados por el suelo atados a las colas de los caballos; sus cadáveres quedaban sin sepultura. El emperador Decio (249-251) estuvo decidido a acabar con el cristianismo; sin embargo, su reinado fue demasiado breve para poder alcanzar su propósito. Diocleciano (284-305) promulgó varios edictos en los que, entre otras cosas, mandaba destruir las iglesias, enajenar los bienes de los cristianos y privarles de sus libertades civiles, someterlos a tortura durante sus audiencias en la corte, encarcelar a todo el clero y  exigir a todos los cristianos que ofreciesen sacrificios a los dioses paganos.

La literatura cristiana más antigua ha preservado numerosos testimonios del heroísmo de los mártires ante los juicios y las persecuciones. Pero también hubo casos en los que los cristianos apostataban y renunciaban a Cristo. Como lo atestigua Dionisio de Alejandría, estos casos alcanzarían cifras masivas durante la persecución desencadenada por Decio: “El terror los invadía, muchos de los cristianos más influyentes sucumbieron de inmediato, movidos por el miedo, otros, siendo servidores públicos, cedían a las exigencias de sus puestos, otros más, cedieron arrastrados por la multitud. Algunos estaban pálidos y temblorosos, como si no fueran los que estaban ofreciendo sacrificios a los dioses, sino que  ellos mismos fueran a ser ofrecidos en sacrificio, por eso la muchedumbre se mofaba de ellos.”[4] Cipriano de Cartago escribiría: “No esperaron a ser interrogados y a ascender bajo arresto al Capitolio para negar a Cristo… Por su propia voluntad corrieron al Foro… para tapar el crimen, incluso los niños pequeños llevados de la mano de sus padres, perdieron como niños pequeños lo que habían adquirido con el bautismo en el primer momento después de su nacimiento.”[5]

Durante los primeros tres siglos, las persecuciones se dieron por diferentes razones. Antes que nada, existía un muro de  mutuo rechazo. El odio pagano contra los cristianos—reflejado en el extracto de los Anales de Tácito que presentamos antes, así como en los escritos de Suetonio, Plinio, Celso y otros autores romanos— revelaba la extendida opinión que se tenía de que el cristianismo era una secta secreta y supersticiosa, dañina para la sociedad. El hecho de que las reuniones eucarísticas fueran a puertas cerradas y vetadas para los desconocidos propagó las acusaciones de que en dichas reuniones los cristianos practicaban “abominaciones” y hasta canibalismo. La negativa de los cristianos a ofrecer sacrificios a los dioses era entendida como “ateísmo” y su rechazo a adorar al emperador era visto como un desafío al orden religioso y social del imperio.

La época de los martirios, que en el imperio romano vio su fin en el 313,[6] influyó de forma determinante en la historia de la iglesia. La veneración a los mártires que surgió en ese tiempo se continúa hasta nuestros días. En la iglesia ortodoxa se sigue celebrando la Divina Liturgia sobre un altar que contiene una partícula de las reliquias de algún santo mártir o sobre un antimension, una tela especial que lleva dicha partícula cosida dentro. Esto concuerda con la antigua práctica cristiana de celebrar la eucaristía sobre las tumbas de los mártires.

Tertuliano (c.150-c.220) escribió que “la sangre de los mártires es la semilla del cristianismo.”[7] Esta breve frase del escritor eclesiástico romano del siglo tercero, enfatiza que la persecución no debilita al cristianismo, sino por el contrario, fortalece a la iglesia, alimentando la unidad espiritual de los fieles. La verdad de estas palabras se ha confirmado cada vez que la persecución contra la iglesia se ha  reavivado, hasta en el siglo veinte, que se convirtió en una nueva época de martirio y heroísmo espiritual sin precedentes en la historia de la iglesia ortodoxa.

[1] La iglesia ortodoxa distingue entre Santiago el hermano del Señor (presumiblemente hijo de José de su primer matrimonio) y primer obispo de Jerusalén, y Santiago, el hijo de Zebedeo, así como de Santiago el hijo de Alfeo.

[2] Tácito Anales 15.44.

[3] Ignacio Epístola a los Romanos 4-6.

[4] Eusebio Historia Eclesiástica 6.42.II, citado en Alexander Schmemann, El Camino Histórico de la Ortodoxia Oriental (Crestwood, NY:SVS Press, 1977), 57.

[5] Sobre los Lapsos 8,9, en Allen Brent, trans., Sobre la Iglesia: Tratados Selectos (Crestwood, NY:SVS Press, 2006), 111,112.

[6] Fuera de los límites del imperio, los cristianos eran ferozmente perseguidos durante los siglos IV y V,  particularmente en Persia.

[7] Apología 50.13

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