Santo y Glorioso Apóstol y Evangelista Marcos

Santo Apóstol y Evangelista Marcos

 

 

Lo que sabemos sobre la vida personal de San Marcos, autor del segundo Evangelio, proviene más o menos de conjeturas. Los autores le identifican generalmente con el “Juan llamado Marcos” de los Hechos de los Apóstoles (12:12 y 25); por consiguiente, la María, en cuya casa de Jerusalén se reunían los Apóstoles, era su madre. Por la epístola a los Colosenses (4:10), sabemos que Marcos era pariente de san Bernabé, el cual (según Hechos 4:36) era un levita chipriota. Resulta, pues, probable que Marcos haya pertenecido a una familia levítica. Cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía después de haber llevado a Jerusalén las limosnas para dicha Iglesia, trajeron consigo a Juan llamado Marcos, quien los ayudó en el ministerio apostólico en la misión de Salamina, en Chipre (Hechos 13:5); pero Marcos no les acompañó a Perga de Panfilia, sino que volvió a Jerusalén (Hechos 13:13). A raíz de aquella deserción, san Pablo creyó ver cierta inestabilidad en el carácter de Marcos y, aunque Bernabé quería que los acompañase a visitar las Iglesias de Cilicia y el resto de Asia Menor, san Pablo se opuso a ello. Como no lograron ponerse de acuerdo, Bernabé se separó de san Pablo y fue con Marcos a Chipre. Sin embargo, cuando san Pablo se hallaba en su primer cautiverio en Roma, Marcos estaba con él y le ayudaba (Col. 4:10). Durante su segundo cautiverio, poco antes de su martirio, el Apóstol escribió a Timoteo, quien se hallaba entonces en Éfeso: “Toma contigo a Marcos, pues me ha ayudado en el ministerio.”

Por otra parte, la tradición sostiene que el autor del segundo Evangelio estaba en estrecha relación con san Pedro. Clemente de Alejandría (según el testimonio de Eusebio), Irineo y Papías llaman a san Marcos el intérprete o portavoz de san Pedro. Si bien Papías afirma que Marcos no había oído al Señor ni había sido su discípulo, los comentaristas se inclinan a pensar que el joven que siguió al Señor en el Huerto de los Olivos (Marc. 14:51) era san Marcos. Lo cierto es que san Pedro, cuando escribía desde Roma (1 Pedro 5:13), habla de “mi hijo Marcos,” el cual, según parece, estaba entonces con él.

Escribió el evangelio a ruego de los fieles de Roma y según las enseñanzas que poseía de san Pedro en persona. Llevando, pues, su evangelio, partió para Egipto, y fue el primero que anunció a Jesucristo en la ciudad de Alejandría, donde fundó una de las iglesias que más florecieron. Fue martirizado el día de Pascua, mientras celebraba la Liturgia con la comunidad. Algunos días antes un ángel le había mostrado su nombre escrito en el libro de la vida. Acaeció su muerte alrededor del año 74 de la era cristiana.

Tono 3, del común de los Santos Apóstoles

Oh santo apóstol Marcos, * intercede ante Dios misericordioso, * para que otorgue el perdón de las transgresiones a nuestras almas.

Isabel la Milagrosa; Mártir Sabas el General, de Roma

Santa Isabel la Milagrosa

 

Santa Isabel era de Constantinopla y fue elegida para el servicio de Dios desde su nacimiento. De niña, sus padres la enviaron a un monasterio. Creció en un ambiente de ayuno y oración constante, y recibió el don de sanar enfermedades físicas y espirituales.

Las hermanas la eligieron abadesa del Monasterio de los Santos Cosme y Damián. Vestía un cilicio grueso todo el año. Su cuerpo pasaba frío en invierno, pero su espíritu ardía de ardiente amor a Dios.

El ascetismo de la santa fue muy estricto. Durante muchos años solo comió hierba y verduras, pero no consumía pan, vino ni aceite. Muchas veces, santa Isabel no comió nada durante los cuarenta días del Gran Ayuno. Imitando al Publicano en humildad, durante tres años no alzó la vista al cielo, sino que miró constantemente a Dios con sus ojos espirituales y se dice que durante las oraciones de medianoche, la santa resplandecía con una luz celestial.

Al acercarse su hora, sintió un gran deseo de volver a ver su patria. Así que fue a Heraclea y oró en las sagradas iglesias de los santos. Allí, en la iglesia de la Madre de Dios, tuvo una visión de la Santísima Virgen, quien la recibía. Reconoció el rostro de la Theotokos en un icono que vio al llegar a la iglesia del Santo Mártir Romano. La voz de la Purísima Virgen le indicó que regresara a su monasterio, pues se acercaba el momento de su reposo. Así, cuando Santa Isabel regresó, se dirigió al Señor en paz. Sus santas reliquias fueron enterradas en la iglesia de San Jorge, donde permanecieron intactas e incorruptas y abundan los testimonios de las curaciones obradas aun con un poco de la tierra de su sepulcro.

No sabemos con exactitud cuándo vivió santa Isabel, pero probablemente fue entre los siglos VI y IX.

Tropario, tono 4 del común de Santas Justas

En ti fue conservada la imagen de Dios fielmente, oh jus­ta Isabel, * pues tomando la cruz seguiste a Cristo * y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne, * que es efímera, * y a cuidar, en cambio, el alma inmortal. * Por eso hoy tu espíritu se regocija junto con los ángeles.

Santo Mártir Sabas el General

 

San Sabas el General, provenía de una tribu goda. Por su valentía alcanzó el alto rango de comandante militar o “stratelates” y sirvió bajo el emperador romano Aureliano (270-275).

Desde su juventud, Sabas fue cristiano y siguió fervientemente los mandatos de Cristo. Ayudaba a los necesitados y visitaba a los cristianos en prisión. Gracias a su vida pura y virtuosa, el santo recibió del Señor el don de obrar milagros, sanar enfermos y expulsar demonios en nombre de Cristo.

Cuando el emperador supo que Sabas era cristiano, le exigió que apostatara. El mártir arrojó su cinturón militar y declaró que no renunciaría a su fe. Lo golpearon, lo quemaron con antorchas y lo arrojaron a un caldero con brea, pero el mártir salió ileso.

Contemplando sus tormentos, setenta soldados creyeron en Cristo. Fueron decapitados a espada. San Sabas fue encarcelado. A medianoche, mientras oraba, Cristo se le apareció al mártir y lo iluminó con la luz de su gloria. El Salvador le instó a no temer, sino a mantenerse firme. Animado, el mártir Sabas sufrió una nueva tortura por la mañana y fue ahogado en un río en el año 272.

Tono 4, del común de Santos Mártires

Tu mártir, oh Señor, * ha obtenido de ti * corona de incorrupción * en su lucha, Dios nuestro. * Al tener, pues, tu fuerza, * ha vencido a tiranos * y aplastado de los demonios * su abatida insolencia. * Por sus intercesiones, oh Cristo Dios, * salva nuestras almas.

Santo, Glorioso y Gran Mártir Jorge el Triunfador

Santo y Gran Mártir Jorge el Triunfador

 

San Jorge nació en Capadocia, Asia Menor, en el seno de una familia honorable. Su padre, llamado Anastasio, era gobernador en Capadocia. Su madre se llamaba Policronia y era de origen Palestino. Desde su juventud san Jorge se distinguió por sus habilidades de caballero, por lo que pronto llegó a ocupar los mejores lugares en la caballería de Palestina. Jorge tenía solo dieciocho años de edad cuando ingresó al Ejército. Fue condecorado con el título de Tribuno de la Guardia Imperial y hasta tal vez como Prefecto.

En aquel tiempo, san Jorge escuchó que el Emperador Diocleciano había decidido decretar la persecución de los cristianos y su muerte. San Jorge sintió que ese era el momento de confesar públicamente su fe por Jesucristo. Para ello se preparó, distribuyó todas sus pertenencias a los pobres, liberó a sus esclavos y se presentó ante el mismo Emperador en Nicomedia, reprochándole su decisión de derramar sangre inocente. Diocleciano, cuando supo que aquel valiente caballero era cristiano, le ofreció todos los honores para hacerlo cambiar de opinión, bajo una condición: que presentara un sacrificio a los dioses del Imperio. San Jorge respondió: “Tu reino se corromperá y desaparecerá rápidamente, y no te ha de entregar ningún beneficio. Pero aquellos que ofrecen sacrificios de alabanza al Rey de los Cielos reinarán con Él para toda la eternidad”. El Emperador castigó a san Jorge por su amor a Cristo. Por ello, tuvo que sufrir suplicios atroces. San Jorge permaneció fiel a Cristo, unido a Él en la oración, lo que atraía los corazones de los presentes a amar a Cristo, y confesar su fe en Él. El emperador, furioso, ordenaba matar a cada uno de ellos. El Emperador esperaba que san Jorge aceptara ofrecer culto a los dioses paganos, y buscaba la forma de convencerlo por la alta estima en que lo tenía. Es así que Jorge fue conducido al templo de Apolo en presencia de mucha gente. Acercándose hasta el altar en donde estaba por realizarse la incensación, Jorge solo atinó a pararse frente a la estatua dedicada a Apolo y hacer la señal de la Cruz. Los demonios que habitaban la estatua confesaron que solo Cristo es el Dios verdadero y salieron de la estatua con gran estrépito. Todas las estatuas se destruyeron por completo, ante el asombro general. Entonces, los sacerdotes paganos echaron a san Jorge del Templo y lo llevaron nuevamente al Palacio Real.

Atraída por el tumulto de la gente, la Emperatriz Alejandra salió del Palacio abriéndose paso entre la gente diciendo: “Dios de Jorge, ayúdame”. Inmediatamente cayó a los pies del santo. El Emperador, que llegó a ver lo sucedido con la Emperatriz, no pudo soportar más y con un corazón furioso y endurecido como le sucedió al Faraón enfrente de Moisés, ordenó que la Emperatriz y san Jorge fueran decapitados la mañana siguiente. Sin embargo, esa misma noche el alma de Alejandra fue llevada al cielo. Murió en paz en la prisión. Pero san Jorge, la mañana siguiente se fue al lugar destinado a cumplir la sentencia. Allí dio gracias a Dios por todas sus clemencias y bondades; pidió su ayuda y amparo para todos aquellos que invocaran con confianza su intercesión, bajó la cabeza y se dirigió al lugar donde había de ser decapitado, para después ir al cielo y recibir la recompensa de la gloria eterna destinada a todos aquellos que confiesan el Nombre de Cristo. Murió, pues, en Nicomedia a los veinte años de edad un viernes 23 de abril de 304.

Tropario, tono 4

Como de los cautivos libertador, * de los necesitados protector, * de los enfermos médico * y defensor de la Iglesia, * oh victorioso y gran mártir Jorge, * intercede ante Cristo Dios * por la salvación de nuestras almas.

San Teodoro obispo de Siceo

San Teodoro, obispo de Siceo

 

San Teodoro nació fuera del matrimonio en Siceón o Siceo, un pueblo de Galacia, en Asia Menor. Desde su infancia, estuvo bajo la protección y guía del santo Gran Mártir Jorge, quien se le aparecía con frecuencia y fue, por así decirlo, su instructor en la ardua disciplina ascética que asumió durante toda su vida. Tras una peregrinación a Tierra Santa, se hizo monje en su Galacia natal. Hacia el año 584 fue ordenado obispo de Anastasiópolis en Galacia, donde pastoreó su rebaño durante diez años. Después de esto, solicitó ser relevado del gobierno de la diócesis. Su petición fue concedida, pero se le ordenó conservar su rango de obispo. San Teodoro fue un gran hacedor de milagros y también recibió de Dios el poder de expulsar incluso a los demonios más obstinados, quienes lo llamaban “Devorador de hierro” debido a su rigurosa forma de vida. Después de haber pasado por muchas regiones, realizado numerosos milagros y fortalecido a los fieles en la piedad, partió de esta vida en el año 613.

Tropario, tono 4

Desde niño te mostraste santificado, * tan puro y lleno de talentos, * que iluminaste al mundo con milagros maravillosos * y expulsaste legiones demoníacas, * oh servidor de la divinidad. * Intercede ante el Señor por nosotros.

Hieromártir Jenaro obispo de Benevento y compañeros

Hieromártir Jenaro

El hieromártir Jenaro, obispo de Benevento, y los diáconos Próculo, Sosio y Fausto, Desiderio el Lector, Eutiquio y Acución sufrieron el martirio por Cristo alrededor del año 305 durante la persecución ordenada por el emperador Diocleciano (284-305).

Arrestaron a san Jenaro y lo llevaron a juicio ante Menigno, gobernador de Campaña (Italia central). Debido a su firme confesión cristiana, lo arrojaron a un horno al rojo vivo. Pero, al igual que los jóvenes babilónicos, salió ileso. Luego, por orden de Menigno, lo tendieron en un banco y lo golpearon con varas de hierro hasta que sus huesos quedaron al descubierto.

Entre la multitud se encontraban el diácono Fausto y el Lector Desiderio, quienes lloraron al ver el sufrimiento de su obispo. Los paganos sospecharon que eran cristianos y los encarcelaron junto con el hieromártir Jenaro, en la ciudad de Puteolum. En esta prisión se encontraban dos diáconos encarcelados por confesar a Cristo: los santos Sosio y Próculo, y también dos laicos, los santos Eutiquio y Acución.

A la mañana siguiente, llevaron a todos los mártires al circo para que fueran despedazados por fieras, pero estas no los tocaron. Menigno alegó que todos los milagros se debían a la brujería de los cristianos, e inmediatamente quedó ciego y pidió ayuda a gritos. El amable hieromártir Jenaro oró por su curación, y Menigno recuperó la vista. Sin embargo, la ceguera del torturador no sanó. Acusó a los cristianos de brujería y ordenó decapitar a los mártires ante las murallas de la ciudad (+ 305).

Los cristianos de las ciudades circundantes recogieron los cuerpos de los santos mártires para enterrarlos, y los de cada ciudad tomaron uno para tener un intercesor ante Dios. Los habitantes de Neápolis (Nápoles) se llevaron el cuerpo del hieromártir Jenaro. Junto con él, recogieron también su sangre seca.

Desde el siglo XV, hay testimonios que la sangre se licua al colocar el recipiente cerca de otra reliquia, que se cree es la cabeza del mártir. Muchos milagros se originaron gracias a las reliquias del hieromártir Jenaro. Durante una erupción del Vesubio alrededor del año 431, los habitantes de la ciudad rezaron a san Jenaro para que los ayudara. La lava se detuvo y no llegó a la ciudad.

Tono 4, del común de Hieromártires

Al volverte sucesor de los apóstoles * y partícipe en sus modos de ser, * encontraste en la práctica * el ascenso a la contemplación, oh inspirado por Dios. * Por eso, seguis­te la palabra de la verdad * y combatiste hasta la sangre por la fe. * Pafnucio, obispo mártir, intercede ante Cristo Dios * para que salve nuestras almas.

San Teodoro Triquinas, ermitaño cerca de Constantinopla

Nació en Constantinopla, hijo de padres adinerados y piadosos. Desde niño se inclinó por el monacato, por lo que abandonó su hogar, su familia y su vida anterior para ingresar en un monasterio en Tracia. Allí comenzó sus arduas luchas ascéticas. Vestía un cilicio, del que deriva el nombre de “Triquinas” (o “el que lleva el cilicio”). Incluso dormía sobre una piedra para evitar la comodidad corporal y dormir demasiado.

Su vida estuvo llena de milagros y tenía el poder de sanar a los enfermos. Reposó a finales del siglo IV o principios del V. De sus reliquias fluye mirra curativa.

El nombre de san Teodoro Triquinas es uno de los más venerados en la historia del monacato ortodoxo. San José el Himnógrafo (4 de abril) compuso un canon en su honor.

Tono 8, del común de Santos Justos

En ti fue conservada la imagen de Dios fielmente, oh jus­to Isidoro, * pues tomando la cruz seguiste a Cristo * y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne, * que es efímera, * y a cuidar, en cambio, el alma inmortal. * Por eso hoy tu espíritu se regocija junto con los ángeles.

Domingo de Santo Tomás; Hieromártir Pafnucio de Jerusalén

Domingo de Santo Tomás

Este día la Iglesia recuerda la segunda aparición del Señor Resucitado a sus discípulos. La primera tuvo lugar la misma noche de la resurrección y relata san Juan en su Evangelio que Tomás no se hallaba presente cuando ocurrió.

Ocho días después, el Señor de nuevo se presenta en medio de los discípulos e invita a Tomás a meter su dedo en las señales de los clavos y  mano en su costado.

Algunos iconos que representan este evento tienen la inscripción “Tomás el incrédulo”. Esto es incorrecto. En griego, la inscripción dice “El toque de Tomás”. La inscripción eslava es “La fe de Tomás”; Pues, cuando santo Tomás tocó el costado vivificante del Señor, ya no tuvo dudas.

Este día también se conoce como Antipascua. Esto no significa “opuesto a la Pascua”, sino “en lugar de la Pascua”. A partir de este primer domingo después de la Pascua, la Iglesia dedica todos los domingos del año a la Resurrección del Señor.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Tropario Tono 7 

Oh Cristo nuestro Dios, * estando sellado el sepulcro, de él saliste esplendoroso, oh Vida. * Y mientras las puertas estaban cerradas, * viniste a los discípulos, oh Resurrección de todos; * y por ellos, nos has renovado a nosotros con recto Espíritu * según tu gran misericordia.

Hieromártir Pafnucio

 

El hieromártir Pafnucio fue obispo de Jerusalén. Sufrió muchos sufrimientos a manos de los paganos, fue torturado con fuego, fieras y, finalmente, decapitado a espada.

Algunos sugieren que el hieromártir Pafnucio fue un obispo egipcio que sufrió junto con muchos otros egipcios, exiliado a las minas palestinas durante la persecución de Diocleciano (284-305).

Las reliquias del hieromártir, que emanaban mirra, fueron glorificadas mediante milagros. El canon en su honor fue compuesto durante el período iconoclasta (antes de 842). En la oda final se encuentra una petición para que el hieromártir ponga fin a la herejía que perturbaba la Iglesia.

Tono 4, del común de Hieromártires

Al volverte sucesor de los apóstoles * y partícipe en sus modos de ser, * encontraste en la práctica * el ascenso a la contemplación, oh inspirado por Dios. * Por eso, seguis­te la palabra de la verdad * y combatiste hasta la sangre por la fe. * Pafnucio, obispo mártir, intercede ante Cristo Dios * para que salve nuestras almas.

Sábado Luminoso; San Juan, discípulo de san Gregorio de Decápolis

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Toda la semana posterior al gran domingo de Pascua se conoce como Semana Luminosa o Semana de las Renovaciones.

Todos los servicios e himnos replican al del glorioso día de Pascua, como una prolongación de la más grande de las fiestas.

Tropario de Pascua, tono 5

Cristo resucitó de entre los muertos pisoteando la muerte con su muerte, y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

Condaquio  Tono 8 

Cuando descendiste al sepulcro, oh Inmortal, * destruiste el poder del Hades; * y al resucitar vencedor, oh Cristo Dios, * dijiste a las mujeres mirróforas: «¡Regocíjense!» * y a tus discípulos otorgaste la paz, * ¡oh Tú que concedes a los caídos * la resurrección!

San Juan discípulo de san Gregorio de Decápolis

 

De muy pequeño Juan comprendió la importancia de amar a Cristo y con este sentimiento en su corazón, fue que se acercó a san Gregorio el Decapolitano, quien lo ordeno monje para que pudiera luchar radicalmente y obtener la salvación de su alma y la gloria del Dios.

Juan iba progresando en la obediencia y trabajo espiritual, tal es así que san Gregorio, su padre espiritual, glorificaba a Dios por considerarlo digno de tener tan buen discípulo. Cuando san Gregorio falleció, Juan no quiso permanecer solo donde comenzó su vida espiritual, y buscó fuentes espirituales más profundas para seguir creciendo, con las esperanzas puestas en Dios. Viajó por muchos lugares y ciudades incluyendo Jerusalén donde descansó en paz en el Monasterio de San Cariton.

Tropario, tono 8 del común de Santos Justos

En ti fue conservada la imagen de Dios fielmente, oh justo Padre Juan, * pues tomando la cruz seguiste a Cristo * y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne, * que es efímera, * y a cuidar, en cambio, el alma inmortal. * Por eso hoy tu espíritu se regocija junto con los ángeles.

Viernes Luminoso; Hieromártir Simeón, obispo de Persia y compañeros; San Agapito, Papa de Roma

 

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Toda la semana posterior al gran domingo de Pascua se conoce como Semana Luminosa o Semana de las Renovaciones.

Todos los servicios e himnos replican al del glorioso día de Pascua, como una prolongación de la más grande de las fiestas.

Tropario de Pascua, tono 5

Cristo resucitó de entre los muertos pisoteando la muerte con su muerte, y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

Condaquio  Tono 8 

Cuando descendiste al sepulcro, oh Inmortal, * destruiste el poder del Hades; * y al resucitar vencedor, oh Cristo Dios, * dijiste a las mujeres mirróforas: «¡Regocíjense!» * y a tus discípulos otorgaste la paz, * ¡oh Tú que concedes a los caídos * la resurrección!

Hieromártir Simeón, obispo de Persia y compañeros mártires.

 

El hieromártir Simeón, sufrió durante la persecución contra los cristianos bajo el emperador persa Sapor II (310-381). Lo acusaron de colaborar con el Imperio romano y de actividades subversivas contra el emperador persa.

En el año 344, el emperador emitió un edicto que imponía un alto impuesto a los cristianos. Cuando algunos se negaron a pagarlo, se consideró un acto de rebelión, por lo que el emperador inició una feroz persecución contra ellos.

San Simeón fue llevado a juicio con grilletes de hierro como supuesto enemigo del reino persa, junto con los dos hieromártires Habdelai y Ananías. El santo obispo ni siquiera se inclinó ante el emperador, quien le preguntó por qué no le mostraba el debido respeto. El santo respondió: «Antes, me inclinaba por tu rango, pero ahora, cuando me pides que renuncie a mi Dios y abandone mi fe, no me corresponde inclinarme ante ti».

El emperador lo instó a adorar al sol y amenazó con erradicar el cristianismo de su tierra si se negaba. Pero ni las insistencias ni las amenazas lograron quebrantar al santo, y lo llevaron a prisión. En el camino, el eunuco Usphazanes, consejero del emperador, vio al santo. Se levantó e hizo una reverencia al obispo, pero el santo se apartó de él porque él, ex cristiano, por temor al emperador, ahora adoraba al sol.

El eunuco se arrepintió de todo corazón, cambió su elegante atuendo por ropas toscas y, sentado a las puertas de la corte, exclamó amargamente: “¡Ay de mí, cuando me presente ante mi Dios, de Quien estoy separado! ¡Aquí estaba Simeón, y me ha dado la espalda!”.

El emperador Sapor se enteró del dolor de su amado tutor y le preguntó qué había sucedido. Le dijo al emperador que lamentaba profundamente su apostasía y que ya no adoraría al sol, sino solo al único Dios verdadero. El emperador, sorprendido por la repentina decisión del anciano, le instó a no abjurar de los dioses que sus padres habían venerado. Pero Usphazanes se mantuvo inflexible y lo condenaron a muerte. San Usphazanes pidió a los heraldos de la ciudad que informaran que murió no por crímenes contra el emperador, sino por ser cristiano. El emperador accedió a su petición.

San Simeón también se enteró de la muerte de Usphazanes y dio gracias al Señor. Cuando lo llevaron ante el emperador por segunda vez, san Simeón se negó de nuevo a adorar a los dioses paganos y confesó su fe en Cristo. El emperador, enfurecido, ordenó decapitar a todos los cristianos en la prisión ante los ojos del santo.

Sin temor, los cristianos fueron a la ejecución, bendecidos por el santo jerarca, e inclinaron la cabeza bajo la espada. El compañero de san Simeón, el sacerdote Habdelai, también fue decapitado. Cuando llegaron ante el sacerdote Ananías, este tembló de repente. Entonces, uno de los dignatarios, san Fúsico, cristiano en secreto, temió que Ananías renunciara a Cristo y exclamó: «No temas a la espada, Anciano, y verás la luz divina de nuestro Señor Jesucristo».

San Fúsico se traicionó a sí mismo con este arrebato. El emperador ordenó arrancarle la lengua y desollarlo. Junto con él, su hija Askitrea también fue martirizada. San Simeón fue el último en comparecer ante el verdugo, quien colocó su cabeza en el tajo (13 de abril de 344). Las ejecuciones continuaron durante toda la Semana Brillante hasta el 23 de abril.

San Azates el Eunuco, funcionario cercano al emperador, también recibió la corona del martirio, junto con los santos Abdecalas, Ustazanes y Azades. Las fuentes indican que 1150 mártires perecieron por negarse a aceptar la religión persa.

Tropario tono 4, del común de Santos Mártires

Tus mártires, oh Señor, * han obtenido de ti * coronas de incorrupción * en su lucha, Dios nuestro. * Al tener, pues, tu fuerza, * han vencido a tiranos * y aplastado de los demonios * su abatida insolencia. * Por sus intercesiones, oh Cristo Dios, * salva nuestras almas.

San Agapito, Papa de Roma

 

 

San Agapito, fue un ferviente seguidor de la ortodoxia. Por su vida piadosa, se ganó la estima general y fue elevado a la cátedra de Roma en el año 535.

El rey godo Teodorico el Grande envió a Agapito a Constantinopla para negociar la paz. En el camino, San Agapito se encontró con un hombre cojo y mudo. Lo curó de su cojera y, tras recibir los Santos Misterios, el mudo habló. Tras llegar a Constantinopla, el santo curó a un mendigo ciego.

En aquella época, se convocó un concilio local en Constantinopla, san Agapito participó en él y defendió con celo la doctrina ortodoxa contra el hereje Severo, quien enseñaba que el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo estaba sujeto a la descomposición, como el cuerpo de todo ser humano.

San Agapito murió en Constantinopla en el año 536.

Tono 4, del común de Santos Jerarcas

La verdad de tus obras * te ha mostrado a tu rebaño * cual regla de fe, icono de mansedumbre * y maestro de abstinencia. * Así que alcanzaste, por la humildad, alturas y por la pobreza, riquezas. * ¡Oh santo padre Agapito, * in­tercede ante Cristo Dios, * para que salve nuestras almas!

Jueves Luminoso; Vírgenes y Mártires Ágape, Irene y Quionia

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Toda la semana posterior al gran domingo de Pascua se conoce como Semana Luminosa o Semana de las Renovaciones.

Todos los servicios e himnos replican al del glorioso día de Pascua, como una prolongación de la más grande de las fiestas.

Tropario de Pascua, tono 5

Cristo resucitó de entre los muertos pisoteando la muerte con su muerte, y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros.

Condaquio  Tono 8 

Cuando descendiste al sepulcro, oh Inmortal, * destruiste el poder del Hades; * y al resucitar vencedor, oh Cristo Dios, * dijiste a las mujeres mirróforas: «¡Regocíjense!» * y a tus discípulos otorgaste la paz, * ¡oh Tú que concedes a los caídos * la resurrección!

 

Vírgenes y Mártires Ágape, Irene y Quionia

 

 

Estas tres santas mártires eran hermanas. Vivían cerca de la ciudad de Aquilea al norte de Italia a fines del tercer siglo. Siendo muy jóvenes quedaron huérfanas y decidieron no casarse. Eran muy devotas.

Cuando el emperador Diocleciano visitó Aquilea, él empezó una feroz persecución contra los cristianos. Y muy pronto todas las cárceles estaban repletas. Entonces fueron encarceladas estas tres jóvenes vírgenes y sufrieron diferentes suplicios, sin que mostraran miedo de los ataques de las fieras, ni cuando les seccionaban partes de sus cuerpos, ni otros suplicios. Durante sus suplicios se produjeron varios milagros, pero los torturadores no los comprendieron. Finalmente, a Ágape y Quionia las quemaron en la hoguera y asaetaron a Irene. Esto pasó en el año 304. Los cuerpos de las santas mártires fueron sepultados por santa Anastasia, llamada Desatanudos, porque ella aliviaba las dificultades de los cristianos encarcelados.

Estas tres hermanas tenían una fe inquebrantable en Dios, no se atemorizaron ante las amenazas de los torturadores, no tuvieron lástima por su juventud y fueran martirizadas por Cristo. Ellas entregaron la vida perecedera para obtener en Cielo la vida eterna. Ahora tienen la felicidad de estar en el Reino Eterno. Que con sus oraciones el Señor nos dé fuerzas en nuestros esfuerzos cristianos diarios.

Tropario, tono 1, del común de Varios Mártires

Oh Señor, por los sufrimientos de las santas * que han padecido por ti, * ten compasión de nosotros * y sana las dolencias de los que te suplicamos, * oh Tú que amas a la humanidad.

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