Febrero, Santoral

San Tarasio, arzobispo de Constantinopla

25 de Febrero

Irene y Constantino reinaban en aquel tiempo. Por consejo del mismo patriarca Pablo, quien renunció al trono episcopal, para ingresar a un monasterio, Tarasio, un senador y consejero real, fue elegido Patriarca en el año 783. Pasó rápidamente por todas las órdenes sagradas para llegar a ser patriarca. Como hombre de gran erudición y celo por la fe ortodoxa, Tarasio aceptó esta elevación para ayudar en la lucha contra las herejías, especialmente contra el iconoclasmo; y preciamente durante su patriarcado, fue convocado el Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea 787), en el cual fue condenada esa herejía y confirmada y restaurada la veneración de los santos iconos.
Tarasio fue muy compasivo con los pobres y huérfanos, construyendo refugios para ellos y alimentándolos; pero a la vez decisivo en su defensa de la fe y la moral: Cuando el emperador Constantino, había desterrado a su esposa lícita, María, tomando a una pariente y conviviendo con ella y buscaba la bendición del Patriarca para casarse, Tarasio no solo le negó la bendición, sino que primero lo aconsejó, después le reprochó y finalmente le prohibió la Santa Comunión.
Antes de su muerte muchos vieron como Tarasio contestaba a los demonios que lo acusaban diciendo: “No soy culpable de este pecado, tampoco soy culpable de este otro”. Cuando su lengua debilitada ya no podía hablar, entonces comenzó a defenderse con sus manos, ahuyentando a los demonios. Cuando expiró, su rostro resplandeció como el sol. Era el año 806.

Tropario, tono 4
La verdad de tus obras te ha mostrado a tu rebaño cual regla de fe, icono de mansedumbre y maestro de abstinencia. Así que alcanzaste, por la humildad, alturas, y por la pobreza, riquezas. ¡Oh santo padre Tarasio, intercede ante Cristo Dios, para que salve nuestras almas!

Condaquio, tono 4
Con los rayos de tus milagros y brillantes enseñanzas, como un sol grande y deslumbrante, ilumina y guía incesantemente al mundo entero, porque eres un iniciado del Cielo, oh bendito Tarasio.

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