2016

6o Domingo de San Mateo

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Himnos de la Liturgia

Tropario de la Resurrección

Tono 5

Al coeterno Verbo, con el Padre
y el Espíritu, Al Nacido de la Virgen
para nuestra salvación, alabemos,
oh fieles, y prosternémonos.
Porque se complació en ser elevado
en el cuerpo sobre la Cruz y soportar la muerte,
y levantar a los muertos por su Resurrección gloriosa.

Condaquio de la Transfiguración

Tono 7

Te transfiguraste en el monte, oh Cristo Dios,
y tus discípulos contemplaron tu Gloria según pudieron soportarla;
para que, cuando te viesen crucificado,
percibieran que tu Pasión fue voluntaria
y proclamaran al mundo que Tú eres verdaderamente el Resplandor del Padre.

Lecturas Bíblicas

Carta a los Romanos  (12: 6-14)

Hermanos: Ya que tenemos dones diferentes según la Gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de la fe; si es el ministerio, ministrando; si la enseñanza, enseñando; si la exhortación, exhortando. El que reparte, con  generosidad;   el  que   preside,     con solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad.

Su amor sea sin fingimiento; detesten el mal y adhiéranse al bien; ámense los unos a los otros con una ternura fraternal; en cuanto a la honra, prefiriéndose los unos a los otros; en cuanto a la diligencia, no perezosos; al espíritu, fervorosos, y sirviendo al Señor. En la esperanza sean alegres; en la tribulación, pacientes; en la oración, constantes; compartiendo las necesidades de los santos y practicando la hospitalidad.

Bendigan a los que los persiguen; bendigan y no maldigan

Santo Evangelio según San Mateo (9: 1-8)

En aquel tiempo, Jesús subió a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. Y sucedió que le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: « ¡Ten confianza, hijo! Tus pecados te son perdonados.» Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí mismos: «Éste está blasfemando.»

Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: « ¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al mismo tiempo al paralítico: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.» Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente quedó admirada y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Mensaje Pastoral

¡Tus pecados te son perdonados!

Unos fieles acudieron a Jesús para curar a un paralítico, mas Jesús primero le curó el alma; mientras se le pedía sanar la enfermedad visible, Él asistió la invisible: el pecado. De aquí surge la pregunta: ¿Cuál es la relación entre la enfermedad y el pecado?

En el Antiguo Testamento, una enfermedad se relacionaba con el castigo divino por un pecado cometido. Así que al leproso, según las leyes, nadie se le podía acercar ya que se consideraba manchado, un pecador. Cualquier dolencia se veía como un fruto de cierta transgresión. Como un reflejo de esta mentalidad, una vez los discípulos preguntaron a Cristo sobre un ciego:

«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?» (Jn 9:2); más Cristo rechazó atribuir la enfermedad –ceguera o cualquier otra– a castigo de Dios por un delito personal.

Si bien el sufrimiento no es un aspecto de la justicia divina, es parte de nuestra mortalidad, el resultado del pecado: «por el pecado entró la muerte» (Rom 5:12). Dios creó al hombre para que fuera inmortal, pero el pecado –siendo en el fondo el alejamiento voluntario de Dios, de la vida– provocó la muerte y sus anexos: enfermedades, dolores, crisis naturales, tristezas…; en una palabra, provocó la corrupción. Así que todos padecemos lo mismo de maneras distintas y etapas diferentes pero, al fin y al cabo, es la misma mortalidad. Esta realidad caída no es un destino final con el que el hombre debe convivir con realismo sino un ambiente curativo que procura jalar al hombre hacia la resurrección espiritual. El malestar que algunos de nosotros padecemos nos podría brindar la oportunidad de comprender cuán lejos estamos de Dios; y al advertirlo tomar iniciativas positivas y penitenciales.

Cristo, con el paralítico de la lectura, nos advierte de esta jerarquía en la curación: aunque es importante curar el cuerpo, más importante es sanar el alma. Por eso leemos en muchos relatos de los santos Padres que daban gracias a Dios por sus dolencias ya que se les volvían causa de humillación, medicamento para salvación.

No se pretende aquí aprobar la enfermedad, que es en sí un defecto agregado a la buena creación de Dios, sino ser conscientes de que la gracia de estar en salud y ventura no nos distraiga de la realidad del pecado que todos padecemos y que necesitamos curar; así como de que la prueba de estar enfermos bienaventurada es cuando nos provoca –con la paciencia y la fe– purificación del corazón.

La camilla que el paralítico cargó al levantarse se volvió una señal tangible de la presencia del Señor en su vida, presencia que no nada más cura nuestras dolencias sino que también lleva en sí la autoridad divina, dulce y consoladora, para decir:

«Hijo, tus pecados te son perdonados.»

+ Monseñor Ignacio Samaán

Nuestra Fe y Tradición

 La Unidad de la Iglesia

sinodo1La unidad de la Iglesia, no sólo la de Antioquía entre sus miles de parroquias y diócesis en todo el mundo, sino la de todos los Patriarcados, está basada en dos pilares fundamentales :El primero es que tiene una cabeza que es Cristo Resucitado (Efesios 1,22), siendo la Iglesia Su Cuerpo Místico. El otro es la unidad doctrinaria de la fe y la comunión de la Gracia, del mismo Cáliz y los mismos Sacramentos, existiendo entre ellos un permanente lazo de oración.

Nuestra fe común tiene como fuente, las Sagradas Escrituras y la Santa Tradición. Fue comentada por los Santos Padres Teólogos de la Iglesia, como San Basilio el Grande, San Juan Crisóstomo, San Gregorio el Teólogo, San Gregorio Nazianceno, San Ignacio de Antioquía, San Juan Damasceno, San Agustín, San Gregorio Palamás, y otros., y por las enseñanzas explicitadas y proclamadas en los Siete Concilios Ecuménicos de toda la cristiandad, considerados como la más alta autoridad. Estos Concilios fueron  celebrados en Nicea, Constantinopla, Efeso, Calcedonia, etc., desde el Siglo IV al Siglo VIII. En los dos primeros, Nicea año 325 y Constantinopla año 381, se estableció el Credo de nuestra fe, que cada domingo confesamos en voz alta durante la Divina Liturgia y en otros oficios.

Los Siete Concilios Ecuménicos afirmaron la pureza de la fe y la recta doctrina frente a las herejías, la veneración debida a las Sagradas Imágenes o Íconos, y la disciplina eclesiástica.

Asimismo afirmamos que la plenitud de la Iglesia es asistida por el Espíritu Santo, por lo cual la Iglesia es infalible.

Sentencias de los Padres del Desierto.

  • Decía un anciano: «El que admite en su alma deseos perniciosos, es como el que oculta el fuego entre las pajas».
  • Dijo el abad Pastor: «En el Evangelio está escrito: “El que no tenga espada que venda  su manto y compre una” (Lc. 22,36). Esto significa: “El que tenga paz que la deje y se prepare  para la lucha”». Se refería a la lucha contra el diablo.
  • Decían del abad Hor: «Nunca ha mentido, jamás hizo ningún juramento, nunca maldijo a nadie, jamás habló a nadie si no era necesario».

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