CARTA DE NUESTRO SANTO PADRE ATANASIO, ARZOBISPO DE ALEJANDRÍA, A MARCELINO

SOBRE LA INTERPRETACIÓN DE LOS SALMO

En forma de narración tenemos los siguientes: Sal  18 Sal  43 Sal  48 Sal  49 Sal  72 Sal  76 Sal  88 Sal  89 Sal  106 Sal  113 Sal  126 y Sal  136.

En forma de oración tenemos: Sal  16 Sal  67 Sal  89 Sal  101 Sal  131 y Sal  141.  Los proferidos como suplica, y petición instante son: Sal  5 Sal  6 Sal  7 Sal  11 Sal  12 Sal  15 Sal  24 Sal  27 Sal  30 Sal  34 Sal  37 Sal  42 Sal  53 Sal  54 Sal  55 Sal  56 Sal  58 Sal  59 Sal  60 Sal  63 Sal  82 Sal  85 Sal  87 Sal  137 Sal  139 y Sal  142.

En forma de suplica junto con acción de gracias tenemos el Sal  138.

Entre los que solo suplican tenemos: Sal  3 Sal  25 Sal  68 Sal  69 Sal  70 Sal  73 Sal  78 Sal  79 Sal  108 Sal  122 Sal  129 y Sal  130.

Los Sal  9 Sal  74 Sal  91 Sal  104 Sal  105 Sal  106 Sal  107 Sal  110 Sal  117 Sal  135 y Sal  137 tienen forma de confesión.

Aquellos que entretejen narración con confesión son: Sal  9 Sal  74 Sal  105 Sal  106 Sal  117 Sal  135 y Sal  137.

Un salmo que combina confesión con narración y acción de gracias es el Sal  110.

El Sal  36 tiene forma de admonición.

Los que contienen profecía son: Sal  20 Sal  21 Sal  44 Sal  46 y Sal  75.

En el Sal  109 tenemos anuncio junto con profecía.

Los salmos que exhortan y prescriben y como que ordenan son: el Sal  28 Sal  32 Sal  80 Sal  94 Sal  95 Sal  96 Sal  97 Sal  102 Sal  103 y Sal  113.

El Sal  149 combina la exhortación con la alabanza.

Describen la vida hornada por la virtud los: Sal  104 Sal  114 Sal  118 Sal  124 y Sal  132. Aquellos que expresan alabanza son: Sal  90 Sal  112 Sal  116 Sal  134 Sal  144 Sal  145 Sal  146 Sal  148 y Sal  150.

Son acción de gracias: Sal  8 Sal  9 Sal  17 Sal  33 Sal  45 Sal  62 Sal  76 Sal  84 Sal  114 Sal  115 Sal  120 Sal  121 Sal  123 Sal  125 Sal  128 y Sal  143.

Aquellos que anuncian una promesa de bienaventuranza son: Sal  1 Sal  31 Sal  40 Sal  118 y Sal  127.

Demostrativo de alegre prontitud con (ribetes) de cantico el Sal  107.

Otro hay que exhorta a la fortaleza, el Sal  80.

Tenemos los que reprochan a impíos e inicuos, como el Sal  2 Sal  13 Sal  35 Sal  51 y Sal  52.

El Sal  4 es una invocación.

Están aquellos salmos que hablan (del cumplimiento) de votos, como el Sal  19 y el Sal  63.

Tienen palabras de glorificación al Señor: Sal  22 Sal  26 Sal  38 Sal  39 Sal  41 Sal  61 Sal  75 Sal  83 Sal  96 Sal  98 y Sal  151.

Acusaciones escritas para provocar vergüenza son: Sal  57 y Sal  81.

Se encuentran acentos hímnicos en Sal  47 y Sal  64.

El Sal  65 es un canto de júbilo y se refiere a la resurrección.

Otro, el Sal  99, es únicamente canto de júbilo.

5. Estando, entonces, los salmos dispuestos y ordenados de esta manera, les es posible a los lectores, – como ya lo dije antes -, descubrir en cada uno de ellos los movimientos y la constitución de su alma, del mismo modo que descubren el género y la enseñanza que cada uno les transmiten. Igualmente se puede aprender de ellos las palabras a decir para agradar al Señor, o con cuales palabras expresar el deseo de corregirse y arrepentirse o de darle gracias. Todo esto impide, al que recita literalmente estas expresiones, caer en la impiedad. Ya que no solo tendremos que dar razón de nuestras obras al Juez supremo, sino hasta de toda palabra inútil (Mt 12,36). Si quieres bendecir a alguno, aprendes como hacerlo y en nombre de quién, en los Salmos  1, 3, Sal  40 Sal  115 Sal  118 y Sal  127. Si deseas censurar las conjuras de los judíos contra el Salvador, ahí tienes al segundo de nuestros poemas. Si los tuyos te persiguen, y muchos se levantan contra ti, recita el tercero. Si estando afligido invocaste al Señor, y porque te escucho quieres darle gracias, entona el cuarto, o el Sal  74, o el Sal  114. Si atisbas que los malhechores te preparan trampas y quieres que muy de mañana tu oración llegue a sus oídos, recita el quinto. Si la amenaza de castigo del Señor te intranquiliza, puedes recitar el Sal  6 o el Sal  37. Si algunos se reúnen para tramar algo contra ti, como lo hizo Ajitofel contra David, y llega a tus oídos, canta el salmo 7 y confía en el Señor, él te defenderá.

6. Si, observando la extensión universal de la gracia del Salvador y la salvación del género humano, quieres conversar con Dios, canta el Sal  8. ¿Quieres entonar el cantico de la vendimia, para dar gracias al Señor? Tienes nuevamente a tu disposición el 8 y también el Sal  83. En honor a la victoria sobre los enemigos y la liberación de la criatura, sin gloriarte tu, sino reconociendo que estos hechos magníficos son obra del Hijo de Dios, recita el ya mencionado Sal  9. Si alguien quiere confundirte o asustarte, ten confianza en el Señor y repite el salmo 10. Al observar la soberbia de tantos y como el mal crece, al punto que ya no hay acciones santas entre los hombres, busca refugio en el Señor y di el Sal  11. ¿Prolongan los enemigos sus ataques? No desesperes como si Dios te olvidará, sino invócalo cantando el salmo 12. No te asocies en modo alguno con los que blasfeman impíamente contra la Providencia, más bien suplica al Señor recitando los Sal  13 y Sal  52. El que quiera aprender quién es el ciudadano del reino de los cielos debe decir el Sal  14.

7. Necesitas orar porque tus adversarios asedian tu alma, canta los Sal  16 Sal  85 Sal  87 y Sal  140. Si quieres saber como rezaba Moisés, ahí tienes el Sal  89. ¿Fuiste liberado de tus enemigos y perseguidores? Canta el Sal  17. ¿Te maravillan el orden de la creación y la providente gracia que en ella resplandece, como también los preceptos santos de la Ley? Canta entonces el Sal  18 y el Sal  23. Viendo sufrir a los atribulados, consuélalos orando y recitándoles las palabras del salmo 19. Ves que el Señor te conduce y pastorea, guiándote por el camino recto, ¡alégrate de ello y salmodia el Sal  22! ¿Te sumergen los enemigos? Eleva tu alma hasta Dios salmodiando el Sal  24 y veras que los inicuos quedan malogrados. ¿Te asechan los enemigos, teniendo sus manos totalmente manchadas de sangre, y no buscan más que perderte y confundirte? Entonces, no confíes tu justicia a un hombre, -¡toda justicia humana es sospechosa! -, pídele al Señor que te haga justicia, ya que él es el único Juez, recitando el Sal  25 Sal  34 o Sal  42. Cuando te asaltan violentamente los enemigos y se congregan como un ejército y te desprecian como si aun no estuvieras ungido, y por eso te hacen la guerra, no tiembles, canta más bien el Sal  26. La naturaleza humana es débil, y si (a pesar de ello) los perseguidores se hacen tan desvergonzados e insisten, no les hagas caso, suplica en cambio al Señor con el Sal  27. Si quieres aprender como ofrecer sacrificios al Señor con acción de gracias, recita entonces con inteligencia Espiritual el Sal  28. Si dedicas y consagras tu casa, esto es, tu alma que hospeda al Señor, como también la casa corpórea en la que moras físicamente, recita con acción de gracias el Sal  29 y entre los salmos graduales el Sal  126.

8. Si ves que eres despreciado y perseguido por amigos y conocidos a causa de la verdad, no pierdas el ánimo por eso, ni temas a los que se te oponen, sino apártate de ellos y contemplando el futuro, salmodia el trigésimo. Si al ver a los bautizados y rescatados de su vida corruptible, ponderas y admiras la misericordia de Dios, canta en favor suyo tus alabanzas con el Sal  31. Si deseas salmodiar en compañía de muchos, reúne a los hombres justos y probos, y recita el Sal  32. Si caíste víctima de tus enemigos y sagazmente pudiste evitar sus asechanzas, reúne a los hombres mansos y recita en su presencia el Sal  33. Si ves el celo para cometer el mal que impera entre los transgresores a la Ley, no pienses que la maldad es algo natural en ellos, como lo afirman los herejes, sino recita el Sal  35 y te convencerás de que a ellos les corresponde la responsabilidad por el pecado. Si ves a los malvados cometer muchas iniquidades, y envalentonarse contra los humildes, y quieres exhortar a alguien que ni se junte con los inicuos ni les tenga envidia, pues su porvenir quedará truncado, entonces di para ti mismo y para los otros el Sal  36.

9. Si, por otra parte, queriendo prestar atención a tu propia persona, y viendo que el enemigo se dispone a atacarte, – pues le agrada provocar a este tipo de personas -, quisieras fortalecerte contra él, canta el Sal  38. Si teniendo que soportar ataques de los perseguidores quieres aprender las ventajas de la paciencia, recita entonces el Sal  39. Cuando viendo multitud de pobres y mendigos, quieres mostrarte misericordioso con ellos, serás capaz de serlo gracias a la recitación del Sal  40, ya que con él alabaras a los que ya actuaron compasivamente, y exhortaras a los demás a que obren de igual manera. Si ansiando buscar a Dios, escuchas las burlas de los adversarios, no te turbes, sino que considerando la recompensa eterna de tal nostalgia, consuela tu alma con la esperanza en Dios, y, superados los pesares que te acongojan en esta vida, entona el salmo 41. Si no quieres dejar de recordar los innumerables beneficios que el Señor otorgo a tus padres, como el éxodo de Egipto y la estancia en el desierto, y qué bueno es Dios y cuan ingratos los hombres, tienes al Sal  43 Sal  77 Sal  88 Sal  104 Sal  105 Sal  106 y Sal  113. Si habiéndote refugiado en Dios, poderoso defensor en el peligro, quieres darle gracias y narrar sus misericordias para contigo, tienes el 45.

10. ¡Pecaste, sientes vergüenza, buscas hacer penitencia y alcanzar misericordia! Encontraras palabras de arrepentimiento y confesión en el Sal  50. Aun si debes soportar calumnias por parte de un rey inicuo, y ves como se envalentona el calumniador, aléjate de allí y usa las expresiones que encuentras en el Sal  51. Si te atacan, te acosan y quieren traicionarte, entregándote a la justicia, como lo hicieron zifeos y filisteos con David, no pierdas el valor, ten ánimo, confía en el Señor y alábalo con las palabras de los Sal  53 y Sal  55. La persecución te sobreviene, cae sobre ti y sin saberlo penetra inesperadamente en la cueva en la que te escondías, ni entonces temas, pues aun en ese aprieto encontraras palabras de consuelo y de memorial indeleble en los Sal  56 y Sal  141. Si quien te persigue da la orden de vigilar tu casa, y tú, a pesar de todo, logras escapar, da gracias a Dios, e inscribe el agradecimiento en tu corazón, como sobre una estela indeleble, en memorial de que no pereciste y entona el Sal  58. Si los enemigos que te afligen profieren insultos, y los que aparentaban ser amigos lanzan acusaciones en contra tuya, y esto perturba tu oración por un breve tiempo, reconfórtate alabando a Dios y recitando las palabras del Sal  54. Contra los hipócritas y los que se glorían desfachatadamente, recita, – para vergüenza suya -, el Sal  57. Contra los que arremeten salvajemente contra ti y quieren arrebatarte el alma, contrapón tu confianza y adhesión al Señor; cuanto más se envalentonen ellos, tanto más descansa en él, recitando el Sal  61. Si perseguido, huyes al desierto, nada temas por estar allí solo, pues tienes a Dios junto a ti, a quien, muy de madrugada, puedes cantarle el Sal  62. Si te aterran los enemigos y no cesan en su conjura contra ti, buscándote sin descanso, aunque sean muchos no te aflijas, ya que sus ataques serán como heridas causadas por flechas arrojadas por niños, entona, entonces (confiado), los Sal  63 Sal  64 Sal  69 y Sal  70.

11. Si deseas alabar a Dios recita el Sal  64, y cuando quieras catequizar a alguno acerca de la resurrección, entona el 65. ¡Imploras la misericordia del Señor!, alábalo salmodiando el Sal  66. Si ves que los malvados prosperan gozando de paz y los justos, en cambio, viven en aflicción, para no tropezar ni escandalizarte recita también tú el Sal  72. Cuando la ira de Dios se inflama contra el pueblo, tienes palabras sabias para su consuelo en el 73. Si andas necesitado de confesión, salmodia el Sal  9 Sal  74 Sal  91 Sal  104 Sal  105 Sal  106 Sal  107 Sal  110 Sal  117 Sal  125 y Sal  137. Quieres confundir y avergonzar a paganos y herejes, demostrando que ni uno solo de ellos posee el conocimiento de Dios, sino únicamente la Iglesia católica, puedes, si así lo piensas, cantar y recitar inteligentemente las palabras del Sal  75. Si tus enemigos te persiguen y te cortan toda posibilidad de huida, aunque estés muy afligido y grandemente confundido, no desesperes, sino clama, y si tu grito es escuchado, da gracias a Dios recitando el Sal  76. Pero si los enemigos persisten e invaden y profanan el templo de Dios, matando a los santos y arrojando sus cadáveres a las aves del cielo, no te dejes intimidar ni temas su crueldad, sino compadece con los que padecen y ora a Dios con el Sal  78.

12. Si deseas alabar al Señor en día de fiesta, convoca los siervos de Dios y recita los Sal  80 y Sal  94. Y si nuevamente los enemigos todos, se reúnen, asaltándote por todas partes, profiriendo amenazas hacia la casa de Dios y aliándose contra la piedad, no te amilane su multitud o su poder, ya que tienes un ancla de esperanza en las palabras del salmo 82. Si viendo la casa del Señor y sus tabernáculos eternos, sientes nostalgia por ellos como la tenía el Apóstol, recita el Sal  83. Cuando habiendo cesado la ira y terminada la cautividad, quisieras dar gracias a Dios, tienes al Sal  84 y al Sal  125. Si quieres saber la diferencia que media entre la Iglesia católica y los cismáticos, y avergonzar a estos últimos, puedes pronunciar las palabras del Sal  86. Si quieres exhortarte a ti y a otros, a rendir culto verdadero a Dios, demostrando que la esperanza en Dios no queda confundida, sino que, todo lo contrario, el alma queda fortalecida, alaba a Dios recitando el Sal  90. ¿Deseas salmodiar el Sábado? Tienes el Sal  91.

13. ¿Quieres dar gracias en el día del Señor? Tienes el Sal  23; o, ¿deseas hacerlo en el segundo día de la semana?: recita el Sal  47. ¿Quieres glorificar a Dios en el día de preparación?: tienes la alabanza del Sal  92. Porque entonces, cuando ocurrió la crucifixión, fue edificada la casa aunque los enemigos trataron de rodearla, es conveniente cantar como cantico triunfal lo que se enuncia en el Sal  92. Si te sobrevino la cautividad, y la casa fue derribada y vuelta a edificar, canta lo que se contiene en el Sal  95. La tierra se ha librado de los guerreros y ha aparecido la paz: reina el Señor y t quieres hacerlo objeto de tus alabanzas, ahí tienes el Sal  96. ¿Quieres salmodiar el cuarto día de la semana?. Hazlo con el Sal  93; pues en un día como ese fue el Señor entregado y comenzó a asumir y ejecutar el juicio contrario a la muerte, triunfando confiadamente sobre ella. Si lees el Evangelio, veras que en el cuarto día de la semana los judíos se reunieron en Consejo contra el Señor, y también veras que con todo valor comenzó a procurarnos justicia contra el diablo: salmodia, respecto a todo esto, con las palabras del Sal  93. Si, además, observas la providencia y el poder universal del Señor, y quieres instruir a algunos en la obediencia y en la fe, exhórtalos ante todo a confesar laudativamente: salmodia el Sal  99. Si has reconocido el poder de su juicio, es decir que Dios juzga atemperando la justicia con su misericordia, y quieres acercártele, tienes para este propósito las palabras del centésimo entre los salmos.

14. Nuestra naturaleza es débil, si las angustias de la vida te han asimilado a un mendigo, y sintiéndote exhausto buscas consuelo, entona el 101. Es conveniente que siempre y en todo lugar demos gracias a Dios; si deseas bendecirlo, espuela tu alma recitando el Sal  102 y el Sal  103. ¿Quieres alabar a Dios y saber, como, por qué motivos, y con qué palabras hacerlo? Tienes el Sal  104 Sal  106 Sal  134 Sal  145 Sal  146 Sal  147 Sal  148 y Sal  150. ¿Prestas fe a lo que ha dicho el Señor y tienes fe en las palabras que tú mismo dices cuando rezas? Profiere el Sal  115. ¿Sientes que vas progresando gradualmente en tus obras, de modo que puedes hacer tuyas las palabras: olvidando lo que queda detrás mío, me lanzo hacia lo que está delante (Ph 3,13)?: puedes entonces entonar para cada uno de los peldaños de tu adelanto uno de los quince salmos graduales.

15. ¿Has sido conducido al cautiverio por pensamientos extraños y te hallas nostálgicamente tironeado por ellos? ¿Te embarga el arrepentimiento, deseas no caer en el futuro y, sin embargo, sigues cautivo de ellos? ¡Siéntate, llora, y, como lo hizo antaño el pueblo, pronuncia las palabras del Sal  136! ¿Eres tentado y así sondeado y probado? Si superada la tentación quieres dar gracias, utiliza el salmo Sal  138. ¿Te hallas nuevamente acosado por los enemigos y quieres ser liberado? Pronuncia las palabras del 139. ¿Deseas suplicar y orar? Salmodia el Sal  5 y el Sal  142. Si se ha alzado el tiránico enemigo contra el pueblo y contra ti, al modo de Goliat contra David, no tiembles, ten fe, y como David, salmodia el Sal  143. Si maravillado por los beneficios que Dios otorgo a todos y también a ti, quieres bendecirlo, repite las palabras que David dijo en el Sal  144. ¿Quieres cantar y alabar al Señor? Lo que debas entonar está en los Sal  92 y Sal  97. ¿Aun siendo pequeño, has sido preferido a tus hermanos y colocado sobre ellos? No te gloríes ni te envalentones contra ellos, sino que atribuyendo la gloria a Dios que te eligió, salmodia el 151, que es un poema genuinamente davídico. Supongamos que deseas entonar los salmos en los que resuena la alabanza a Dios, es decir que van encabezados por el Aleluya, puedes usar: el Sal  104 Sal  105 Sal  106 Sal  111 Sal  112 Sal  113 Sal  114 Sal  115 Sal  116 Sal  117 Sal  118 Sal  134 Sal  135 Sal  145 Sal  146 Sal  147 Sal  148 Sal  149 y el Sal  150.

16. Si al salmodiar quieres destacar lo que se refiere al Salvador, encontraras referencias prácticamente en cada salmo: así, por ejemplo, tienes el Sal  44 y el Sal  100, que proclaman tanto su generación eterna del Padre como su venida en la carne; el Sal  21 y el Sal  68 que preanuncian la cruz divina, como también todos los padecimientos y persecuciones que soporto por nosotros; el Sal  2 y el Sal  108 que pregonan la maldad y las persecuciones de los judíos y la traición de Judas Iscariote; el Sal  20 Sal  49 y Sal  71 proclaman su reinado y su potestad de juzgar, como también su manifestación a nosotros en la carne y la vocación de los paganos. El Sal  15 anuncia su resurrección de entre los muertos; el Sal  23 y Sal  46 anuncian su ascensión a los cielos. Al leer el Sal  92 Sal  95 Sal  97 o Sal  98, caes en la cuenta y contemplas los beneficios que el Salvador nos otorgo gracias a sus padecimientos.

17. Esta es la característica que posee el libro de los salmos, para utilidad de los hombres: una parte de los salmos han sido escritos para purificación de los movimientos del alma; otra parte para anunciarnos proféticamente la venida en la carne de nuestro Señor Jesucristo, como arriba dijimos. Pero en modo alguno debemos pasar por alto la razón por la que los salmos se modulan armoniosamente y con canto. Algunos simplotes entre nosotros, si bien creen en la inspiración divina de las palabras, sostienen que los salmos se cantan por lo agradable de los sonidos y para placer del oído. Esto no es exacto. La Escritura para nada busco el encanto o la seducción, sino la utilidad del alma; esta forma fue elegida sobre todo por dos razones. En primer lugar, convenía que la Escritura no alabara a Dios únicamente en una secuencia de palabras rápida y continua, sino también con voz lenta y pausada. En secuencia ininterrumpida se leen la Ley, los Profetas, los libros históricos y el Nuevo Testamento; la voz pausada es empleada para los Salmos, odas y canticos. Así se obtiene que los hombres expresen su amor a Dios con todas sus fuerzas y con todas sus posibilidades. La segunda razón estriba en que, al igual que una buena flauta unifica y armoniza perfectamente todos los sonidos, del mismo modo requiere la razón que los diversos movimientos del alma, como pensamiento, deseo, cólera, sean el origen de los distintas actividades del cuerpo, de modo que el obrar del hombre no sea desarmónico, conflictuado consigo mismo, pensando muy bien y obrando muy mal. Por ejemplo, Pilato que dijo: ningún delito encuentro yo en él para condenarlo a muerte (Jn 18,38), pero obro según el querer de los judíos; o, que deseando obrar mal, estén imposibilitados de realizarlo, como los ancianos con Susana; o que aun absteniéndose de adulterar sea ladrón, o, sin ser ladrón sea homicida, o, sin ser asesino sea blasfemo.

18. Para impedir que surja esa desarmonía interior, la razón requiere que el alma, que posee el pensamiento de Cristo (1Co 2,16), como dice el Apóstol, haga que éste le sirva de director, que domine en él sus pasiones, ordenando los miembros del cuerpo para que obedezcan la razón. Como plectro para la armonía, en ese salterio que es el hombre, el Espíritu debe ser fielmente obedecido, los miembros y sus movimientos deben ser dóciles obedeciendo la voluntad de Dios. Esta tranquilidad perfecta, esta calma interior, tienen su imagen y modelo en la lectura modulada de los Salmos. Nosotros damos a conocer los movimientos del alma a través de nuestras palabras; por eso el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía Espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente. Precisamente este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (Jc 5,13). Así, salmodiando, se aplaca lo que en ella haya de confuso, áspero o desordenado y el canto cura hasta la tristeza: ¿por qué estas triste alma mía, por qué te me turbas? (Sal  41,6 y Sal  42,5); reconocer su error confesando: casi resbalaron mis pisadas (Sal  72,2); y en el temor fortalecer la esperanza: el Señor está conmigo: no temo; ¿qué podrá hacerme el hombre? (Sal  117,6).

19. Los que no leen de esta manera los canticos divinos, no salmodian sabiamente, sino que buscando su deleite, merecen reproche, ya que la alabanza no es hermosa en boca del pecador (Si 15,9). Pero cuando se cantan de la manera que arriba mencionamos, de modo que las palabras se vayan profiriendo al ritmo del alma y en armonía con el Espíritu, entonces cantan al unísono la boca y la mente; al cantar así son útiles a sí mismos y a los oyentes bien dispuestos. El bienaventurado David, por ejemplo, cantando para Saúl, complacía a Dios y alejaba de Saúl la turbación y la locura, devolviéndole tranquilidad a su alma. De idéntica manera los sacerdotes al salmodiar, aportaban la calma al alma de las multitudes, induciéndolas a cantar unánimes con los coros celestiales. El hecho de que los Salmos se reciten melodiosamente, no es en absoluto indicio de buscar sonidos placenteros, sino reflejo de la armoniosa composición del alma. La lectura mesurada es símbolo de la índole ordenada y tranquila del Espíritu. Alabar a Dios con platillos sonoros, con la citara y el salterio de diez cuerdas, es, a su vez, símbolo e indicación de que los miembros del cuerpo están armoniosamente unidos al modo que lo están las cuerdas; de que los pensamientos del alma actúan cual címbalos, recibiendo todo el conjunto movimiento y vida a impulsos del Espíritu, ya que vivirán, como está escrito, si con el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo (Rm 8,13). Quien salmodia de esta manera armoniza su alma llevándola del desacuerdo al acorde, de modo que hallándose en natural acuerdo nada la turbe, al contrario con la imaginación pacificada desea ardientemente los bienes futuros. Bien dispuesta por la armonía de las palabras, olvida sus pasiones, para centrada gozosa y armoniosamente en Cristo concebir los mejores pensamientos.

20. Es por tanto necesario, hijo mío, que todo el que lee este libro lo haga con pureza de corazón, aceptando que se debe a la divina inspiración, y, beneficiándose por eso mismo de él, como de los frutos del jardín del paraíso, empleándolos según las circunstancias y la utilidad de cada uno de ellos. Estimo, en efecto, que en las palabras de este libro se contienen y describen todas las disposiciones, todos los afectos y todos los pensamientos de la vida humana y que fuera de estos no hay otros. ¿Hay necesidad de arrepentimiento o confesión; les han sorprendido la aflicción o la tentación; se es perseguido o se ha escapado a emboscadas; está uno triste, en dificultades o tiene alguno de los sentimientos arriba mencionados; o vive prósperamente, habiendo triunfado sobre tus enemigos, deseando alabar, dar gracias o bendecir al Señor? Para cualquiera de estas circunstancias hallara la enseñanza adecuada en los Salmos divinos. Que elija aquellos relacionados con cada uno de esos argumentos, recitándolos como si él los profiriera, y adecuando los propios sentimientos a los en ellos expresados.

21. En modo alguno se busque adornarlos con palabras seductoras, modificar sus expresiones o cambiarlas totalmente; lea y cántese lo que está escrito, sin artificios, para que los santos varones que nos los legaron, reconozcan el tesoro de su propiedad, recen con nosotros, o más bien, lo haga el Espíritu Santo que hablo a través de ellos, y al constatar que nuestros discursos son eco perfecto del suyo, venga en nuestra ayuda. Pues en tanto en cuanto la vida de los santos es mejor que la del resto, por tanto mejores y más poderosas se tendrán, con toda verdad, sus palabras que las que agreguemos nosotros. Pues con esas palabras agradaron a Dios y al proferirlas ellos lograron, como lo dice el Apóstol, conquistar reinos, hicieron justicia, alcanzaron las promesas, cerraron la boca a los leones; apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, curaron de sus enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros, las mujeres recobraron resucitados a sus muertos (He 11,33-35).

22. Todo el que ahora lee esas mismas palabras (de los Salmos), tenga confianza, que por ellas Dios vendrá instantáneamente en nuestra ayuda. Si está afligido, su lectura procurara un gran consuelo; si es tentado o perseguido, al cantarlas saldrá fortalecido y como más protegido por el Señor, que ya había protegido antes al autor, y hará que huyan el diablo y sus demonios. Si ha pecado volverá en sí y dejara de hacerlo; si no ha pecado, se estimara dichoso al saber que corre en procura de los verdaderos bienes; en la lucha, los Salmos darán las fuerzas para no apartarse jamás de la verdad; al contrario, convencerá a los impostores que trataban de inducirle al error. No es un mero hombre la garantía de todo esto, sino la misma Escritura divina. Dios ordeno a Moisés escribir el gran Cantico ensenándoselo al pueblo; al que él constituyera como jefe le ordeno transcribir el Deuteronomio, guardándolo entre sus manos y meditando continuamente sus palabras, pues sus discursos son suficientes para traer a la memoria el recuerdo de la virtud y aportar ayuda a los que los meditan sinceramente. Cuando Josué, hijo de Nuna penetro en la tierra prometida, viendo los campamentos enemigos y a los reyes amorreos reunidos todos en son de guerra, en lugar de armas o espadas, empuño el libro del Deuteronomio, lo leyó ante todo el pueblo, recordando las palabras de la Ley, y habiendo armado al pueblo salió vencedor sobre los enemigos. El rey Josías, después del descubrimiento del libro y su lectura pública, no albergaba ya temor alguno de sus enemigos. Cuando el pueblo salía a la guerra, el arca con las tablas de la Ley iba delante del ejército, siendo protección más que suficiente, siempre que entre los portadores o en el seno del pueblo no prevaleciera el pecado o la hipocresía. Pues se necesita que la fe vaya acompañada por la sinceridad para que la Ley dé respuesta a la oración.

23. Al menos yo, dijo el anciano, escuché de boca de hombres sabios, que antiguamente, en tiempos de Israel, bastaba con la lectura de la Escritura para poner en fuga los demonios y destruir las trampas tendidas por ellos a los hombres. Por eso, decía, son del todo condenables aquellos que abandonando estos libros componen otros con expresiones elegantes, haciéndose llamar exorcistas, ¡como les ocurrió a los hijos del judío Esceva, cuando intentaron exorcizar de esa manera! Los demonios se divierten y burlan cuando los escuchan; por el contrario tiemblan ante las palabras de los santos y ni oírlas pueden. Pues en las palabras de la Escritura está el Señor y al no poder soportarlo gritan: ¡Te ruego que no me atormentes antes de tiempo! (Lc 8,28). Con sola la presencia del Señor se consumían. Del mismo modo Pablo daba órdenes a los Espíritus impuros y los demonios se sometían a los discípulos. Y la mano del Señor cayó sobre Eliseo el profeta, de modo que profetizo a los tres reyes acerca del agua, cuando por orden suya el salmista cantaba al son del salterio. Incluso ahora, si uno está preocupado por los que sufren, lea los Salmos y les ayudará muchísimo, demostrando igualmente que su fe es firme y veraz; al verla Dios concede la completa salud a los necesitados. Sabiéndolo el santo dijo en el salmo 118: meditaré sobre tus decretos, no olvidaré tus palabras; y también: tus decretos eran mis cantos, en el lugar de mi peregrinación. En ellas encontraron salvación al decir: si tu ley no fuese mi meditación, ya habría perecido en mi humillación. También Pablo buscaba confirmar a su discípulo, al decir: medita estas cosas; vive entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos (1Tm 4,15). Practícalo igualmente tú, lee con sabiduría los Salmos y podrás, bajo la guía del Espíritu, comprender el significado de cada uno. Imitarás la vida que llevaron los santos varones, quienes dijeron esto entusiasmados por el Espíritu de Dios.

San Atanasio de Alejandría

R. P. Emiliano Díaz, Catedral de San Pedro y San Pablo México

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Padre Juan R. Méndez ()

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