2010

4°. Domingo después de Pentecostés

 

Theotokos 1
Brillemos en la virtud
y, así, veremos a dos hombres de pie
y vestidos de luz resplandeciente dentro del sepulcro del Dador de la Vida,
 los mismos que se aparecieron a las Mirróforas
que temerosas inclinaron sus rostros hacia la tierra,
y entenderemos la resurrección del Señor de los cielos.
Corramos con Pedro hacia el sepulcro,
maravillémonos con el acontecimiento
y esperemos ver a Cristo Vida.

Exapostelario

 Tropario de la Resurrección

Tono 3

Que se alegren los celestiales,
y que se regocijen los terrenales,
porque el Señor desplegó la fuerza de su brazo,
pisoteando la muerte con su muerte;
y siendo el primogénito de entre los muertos,
nos salvó de las entrañas del Hades
y concedió al mundo la gran misericordia.

Condaquio

Tono 4

Oh Protectora de los cristianos indesairable;
Mediadora, ante el Creador, irrechazable:
no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores,
sino acude a auxiliarnos,
como bondadosa, a los que te invocamos con fe. 
Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica,
oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran.

Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos (6:18-23)

Hermanos: Ustedes, liberados del pecado, se han hecho esclavos de la justicia. —Hablo en términos humanos, en atención a la flaqueza de su carne—. Pues si en otros tiempos ofrecieron sus miembros como esclavos a la impureza y a la injusticia para la iniquidad, ofrézcanlos igualmente ahora a la justicia para la santidad.

Pues cuando eran esclavos del pecado, eran libres respecto de la justicia. ¿Qué frutos cosecharon entonces de aquellas cosas de las cuales al presente se avergüenzan? Pues su fin es la muerte. Pero ahora, habiendo sido liberados del pecado y hechos siervos de Dios, fructifican para santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Evangelio según San Mateo (8: 5-13)

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Jesús le dijo: «Yo iré a curarlo.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; ahí será el llanto y el rechinar de dientes.» Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.» Y en aquella hora el criado quedó sano.

 ¡Señor, no soy digno!

 «¡Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo!»

«¿Quién podría considerarse digno de la presencia del Altísimo? ¿Quién podría recibir en su casa con toda dignidad al Señor de los Señores y Rey de Reyes?

Amados hermanos: ¡Qué ejemplo  monumental de fe encontró nuestro adorable Salvador en el centurión romano!  Israel, la tierra bendita del Señor, no vio florecer en los días del Salvador una fe tan  grande como la de este ciudadano romano. Ni siquiera en uno de los hijos del pueblo elegido surgió la figura prominente de un monumento a la FE VIVA, como la de este centurión. Es por ello que  el mismo Señor exclama: «En verdad les digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe» (Mt 8:10).

La fe, esa virtud teologal es el don más preciado del Espíritu Santo, que nos conduce a la certeza de la esperanza, a la plena convicción de lo que  visualizamos: la vida eterna vivida en un presente de plenitud. Efectivamente,  la carta del gran san Pablo a los Hebreos afirma que: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11:1). En nuestro diario Caminar hacia la Casa del Padre, necesitamos la seguridad que solo la fe en Cristo nos puede dar. En nuestra vida cotidiana requerimos urgentemente de la divina energía de la Gracia divina, a fin de que fortalecidos en ella, nuestra vida trascendente sea una realidad, porque no hay razón para caminar a la Casa del Padre sin dejar una Huella de nuestro paso por este mundo. Un  hijo del Altísimo que no tiene fe ni las consecuencias de la misma, no es digno del don de la vida; pues una vida sin fe, es una vida vacía, sin sentido, sin sabor ni valor. Es por ello que el Apóstol  nos enfatiza: «Pero sin la fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11: 6).

Amados hermanos: Agradar a Dios es lo más hermoso que nos puede suceder. Agradar no para quedar bien, sino para estar bien, en comunión plena y en armonía absoluta para que en los momentos más difíciles, encontremos la gracia oportuna y nuestra oración obtenga la respuesta adecuada, acercándonos al milagro cual centuriones del HOY.

Rev. Archimandrita Cosme Andrade
Iglesia de la Dormición de la Madre de Dios
México, Mérida

 

«La vida en Cristo»

El libro «La vida en Cristo» es de San Nicolás de Cabasilas, Teólogo ilustre de la Iglesia Ortodoxa del Siglo XVI, cuyo nombre es incluido en el Sinaxario Ortodoxo a partir del año1982. Se conmemora el día 20 de junio. El siguiente comentario sobre el libro es escrito por el Rev. Archimandrita Tomás Bitar, Abad del Monasterio de San Juan Bautista, en Duma, Líbano.

San Nicolás Cabasilas en su libro demuestra cómo los fieles por medio de los santos Sacramentos (Bautismo, Crismación y Eucaristía) logran que Cristo mismo, mediante el Espíritu Santo, mora y crece en ellos hasta realizar la unión absoluta con Dios. La Encarnación de Cristo es la base de toda la vida espiritual porque Él ha unido lo que era separado permitiendo la unión de lo creado con lo que no es creado. Esta Vida en Cristo comienza aquí en la tierra, pero se culmina en el Reino eterno al que tenemos acceso, desde ya, en la Iglesia. Cristo se vierte y se une a cada uno de sus miembros a través de los Sacramentos, tal como la luz penetra a la habitación por las ventanas.

Sin embargo, la Presencia del Señor no se activa sin que cooperemos con ella, sin que correspondamos por libre voluntad a la Gracia de Dios y concentremos nuestro afán en la conservación de la Gracia recibida, por medio de la vigilancia del alma, como una lámpara encendida en espera del regreso del Novio.

La vida espiritual del cristiano consiste en guardar los miembros y los sentidos con los cuales Cristo se ha unido, y en contemplar la dignidad que nos ha otorgado. Es imposible que el hombre sea atraído hacia el pecado si asimile «el amor loco» con que Cristo nos ha amado a tal grado que dio su vida en la Cruz para que nos haga Templo y miembros propios de Él. Para este hombre, el Señor vuelve su único anhelo; al haber obtenido «el Espíritu de Cristo», guarda los mandamientos fácilmente; y creciendo en las santas virtudes, identifica totalmente su voluntad con la del Salvador; encuentra su alegría en la del Señor, y su tristeza en la del Señor. Este estado de glorificación en Dios (Theosís), que es el objeto de la vida del hombre, lo observa san Nicolás de Cabasilas en su plenitud en la persona de la Madre de Dios, quien por la belleza de su alma y su voluntad sometida enteramente al designio de Dios, atrajo al Espíritu Santo, Quien engendró en ella al Salvador.

Felicitación

El miércoles 16 del presente, en una ceremonia emotiva, Su Eminencia, Arzobispo de nuestra Arquidiócesis Sayedna Antonio, ingresó a la Academia Nacional de Historia y Geografía, patrocinada por la U.N.A.M. (Universidad Nacional Autónoma de México) como Académico de Número, presentando la tesis recepcional “La Iglesia Ortodoxa”, que recibió la admiración y el aplauso de todos los presentes.

Felicitamos a Su Eminencia deseándole muchos años de salud y ánimo para que siga «predicando rectamente la palabra de la verdad».

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