Domingo de la Abstinencia de la Carne

memoria del juicio final

Pantocrator del Monasterio de Sinaí

Al acordarme del terrible día del juicio y de tu inefable gloria,
tiemblo enteramente, oh Señor, y con temor te ex­clamo:
“Oh Cristo Dios, cuando vengas a la Tierra con gloria a juzgar todo el universo,
libérame a mí, miserable, de todo castigo,
y hazme digno de estar a tu diestra, oh Maestro.

Exapostelario

Tropario de Resurrección

Tono 2

Cuando descendiste a la muerte, oh Vida inmortal,
mataste al Hades con el rayo de tu Divinidad,
y cuando levantaste a los muertos del fondo de la tierra,
todos los poderes celestiales clamaron:
¡Oh Dador de vida, Cristo Dios, gloria a Ti!

Condaquio del Domingo

Tono 1

Cuando vengas con gloria a la Tierra, oh Dios, temblará toda la creación:
el río de fuego fluirá  ante el Estrado,
los libros serán abiertos y lo secreto revelado.
Entonces, libérame del fuego inextin­guible
y hazme digno de estar a tu Diestra, oh justo Juez.

Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (8:8- 9:2)

Hermanos: No es la comida lo que nos acercará a Dios: ni somos menos porque no comamos, ni somos más porque comamos. Pero tengan cuidado que esa su libertad no sirva de tropiezo a los débiles. En efecto, si alguien te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un templo de ídolos, ¿no se creerá autorizado por su conciencia, que es débil, a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por tu conocimiento se pierde el hermano débil, por quien Cristo murió. Y pecando así contra los hermanos, hiriendo su conciencia, que es débil, pecan contra Cristo. Por tanto, si un alimento causa tropiezo a mi hermano, nunca comeré carne para no escandalizar a mi hermano.

¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No son ustedes mi obra en el Señor? Si para otros no soy yo apóstol, para ustedes sí que lo soy; pues, ¡el sello de mi apostolado son ustedes en el Señor!

 Evangelio según San Mateo (25:31-46)

Dijo el Señor: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá a los de su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme.” Entonces los justos responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos, o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad les digo, que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron.”

Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me acogieron, estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y en la cárcel, y no me visitaron.” Entonces dirán también éstos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y Él entonces les responderá: “En verdad les digo, que cuanto dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejaron de hacerlo.” E irán éstos al castigo eterno, de acción, y nosotros seremos separados entre ovejas y cabritos según nuestras obras de amor.

La báscula del juicio

Estando a las puertas de la Cuaresma, nuestra Iglesia conmemora el Día del Juicio, es decir, la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. La lectura del Evangelio enfatiza el criterio del Juicio Final, y lo que leemos está claro: seremos juzgados según la medida de nuestra misericordia, es decir, la medida de nuestro amor.

La palabra «amor» a menudo es manipulada o malentendida. El pasaje bíblico destaca las palabras de nuestro Señor Jesús cuando dice: «cuanto hicieron a uno de estos hermanos…» Entonces no se trata de un término abstracto ni de emociones y sentimientos sino de acción. Nosotros, pues, seremos separados entre ovejas y cabritos –como lo ilustra la imagen de la parábola– según nuestras obras de amor.

Erróneamente, el amor es limitado a tan sólo un afecto pasivo. Quizás podamos tener sentimientos de antipatía y rechazo hacia cierta persona, pero si nos comportamos con ella con delicadeza y amor, transformamos, a través de la lucha, nuestro odio en caridad y clemencia. Por otro lado, podemos tener en nuestro interior el sentimiento más delicado hacia alguien y sentirnos emocionalmente dependientes de él, pero a la vez tratarlo con hostilidad.

El amor significa, sin duda alguna, ceder a los demás el primer lugar, y el egoísmo es exactamente lo contrario, es decir, tomar para mí la primacía y dejar al prójimo lo último. Que yo ame a alguien equivale a que quiera y desee darle a él el primer lugar, amarle más de lo que me quiero a mí mismo y desearle el bien a él antes que a mí.

La Cuaresma, cuando va de la mano con las obras de la misericordia, constituye un gesto de abstinencia que nos lleva a abandonar nuestro egoísmo y nos estimula a despojarnos del hombre viejo y a proclamar al nuevo. En ella, dejamos atrás todos nuestros malos deseos, nos abstenemos de los intereses que nos llevan a la perdición, y aprendemos a ver y considerar a «los hermanos más pequeños» del Señor y apreciar en ellos su Presencia. Y así se inclina la balanza favorablemente: «Conviene que Él crezca, y que yo mengüe» (Jn 3:30).

Penitencia y Cuaresma: ¿tristeza o alegría?

[…] En realidad, ¿qué significa para nosotros la “penitencia”? Quizás esta palabra inspira, generalmente, un sentimiento de culpabilidad, de dolor y temor ante las heridas que podríamos haber provocado al prójimo o a nosotros mismos. Si bien aceptamos que dichos dolor y temor son unos elementos esenciales, sin embargo, no son la penitencia en sí, tampoco su más importante dimensión. Para entender mejor el profundo sentido de la palabra regresamos al origen griego μετανοία (metanoia) que significa “cambiar la mente”, es decir, no nadamás lamentar el pasado, sino un cambio esencial de nuestra visión hacia Dios, los demás y hacia nosotros mismos. Entonces, como dice Hermas el pastor (siglo II), la penitencia es una “acción de gran sabiduría” y no necesariamente una crisis emocional […]

[…] Arrepentirse no significa que miremos abajo hacia nuestros defectos, sino arriba hacia el amor de Dios; no atrás con todo el reproche, sino adelante con confianza; en la penitencia no observamos lo que no pudimos cumplir, sino lo que podremos realizar por la Gracia de Cristo […]

[…] Nada puede expresar mejor lo que es la penitencia, que la temporada en que la Gran Cuaresma cae; pues no ha sido plantada en el otoño, ni en tiempo de neblina en medio de hojas caídas, ni en el invierno cuando muere la tierra y se congela, sino en la primavera, en la cual la escarcha termina ya, el día es más largo y la naturaleza se abre a la vida. Por eso, en las vísperas del miércoles anterior a la Cuaresma, la Iglesia canta: “se está iniciando la primavera de la Cuaresma y con ella se abre la flor de la penitencia; purifiquémonos pues, oh hermanos, de los pecados, y cantemos al Dador de la Luz: ¡Oh Amante de la humanidad, gloria a Ti!” El tiempo de la Cuaresma es, entonces, de alegría y no de tristeza: el ayuno es una primavera espiritual, la penitencia, una flor abierta, y Cristo se nos manifiesta en la Cuaresma como el “Dador de Luz”. Por todo ello, el dolor que sentimos en este ciclo cuaresmal es “tristeza que provoca alegría” como bien dice san Juan Clímaco.

(Fragmentos del  artículo de su Excelencia, obispo Kalistos Ware, sobre el camino a la Penitencia.)

Sobre la memoria del Juicio Final

No pensemos, hermanos, que lo que actuamos termina con esta presente vida; tengamos fe en que el juicio es una realidad y que cada persona se juzgará según sus obras.

¡Los justos, que soportan muchas tribulaciones y pruebas, mueren sin ningún premio, y en cambio otros, que su vida rebosa con la corrupción, agrediendo al prójimo, ofendiendo a viudas y huérfanos, exagerando en la riqueza, lujo y adorno, pasan sin ninguna molestia!

Pero al terminar su vida, mientras los primeros logran el premio por su virtud, a los últimos les toca la retribución de su corrupción. Pues, Dios existe y es el Justo que juzgará a cada quien según merezca.

San Juan Crisóstomo

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Padre Juan R. Méndez ()

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