
El Gran Viernes Santo
El Viernes Santo celebramos la sagrada y venerable Pasión salvífica de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo; es decir, los esputos, bofetadas, golpes, insultos, burlas; el vestido de púrpura, la caña, la esponja, el vinagre, los clavos, la lanza y en especial la Cruz y la Muerte, que recibió voluntariamente por nosotros. También celebramos la confesión salvífica del agradecido ladrón, quien fue crucificado con Él.
Antífona, tono 6
¡Hoy fue colgado sobre un Madero, El que tendió la tierra sobre las aguas!
¡Una corona de espinas ciñó la cabeza del Rey de los ángeles!
¡Con una túnica púrpura de burla fue vestido el que adornó el cielo con las nubes!
¡Recibió una bofetada el que liberó a Adán en el Jordán!
¡El Novio de la Iglesia fue clavado!
¡Y el Hijo de la Virgen fue herido con una lanza!
¡Nos prosternamos ante Tu Pasión, oh Cristo!
¡Muéstranos Tu gloriosa Resurrección!
Mártires Terencio, Pompeyo, Africano, Máximo, Zenón, Alexander, Teodoro y otros 33, martirizados en Cartago

Durante la persecución de Decio, Fortunato gobernador de las provincias africanas, publicó el decreto imperial y anunció a la población de Cartago: “¡Sacrificad a los dioses o preparaos al suplicio!,” e hizo una demostración de los instrumentos de tortura. Muchos cristianos, atemorizados renunciaron a su fe, pero hubo cuarenta que se mantuvieron firmes. Fortunato los hizo comparecer ante su tribunal para echarles en cara su obstinación. Entonces habló en nombre de los cristianos un joven llamado Terencio, con estas palabras: “Jesucristo es el Hijo de Dios, que murió en la cruz para salvarnos, es a Él a quien adoramos.” El gobernador repuso: “¡Adorad a nuestros dioses o moriréis!” “Hablo por mí y por mis hermanos, repuso Terencio, ninguno de nosotros es tan cobarde para abandonar a Jesucristo y adorar a tus dioses de piedra. Haz lo que quieras.”
El gobernador ordenó que los cuarenta cristianos fueran conducidos desnudos a la explanada del templo de Hércules, donde reiteró sus amenazas, pero como los cristianos permanecieron firmes, mandó que Terencio, Pompeyo, Africano y Máximo fueran azotados hasta que invocaran el nombre de Hércules. Ante la firmeza de los cuatro, mandó que los arrojaran a la hoguera en presencia de sus compañeros. Entre las llamas los mártires de Cristo, entonaron el himno de los Macabeos. Terminado el suplicio, Fortunato, trató de hacer apostatar a los treinta y seis restantes sin mayor éxito; los envió a prisión cargados de cadenas y sucesivamente, uno por uno, alcanzaron la gloria del martirio, por la espada y por el fuego.
Los restos de estos mártires fueron recogidos por los cristianos y sepultados en Cartago hasta el siglo IV, cuando fueron trasladados a Constantinopla.
Tono 4, del común de santos Mártires
Tus mártires, oh Señor, * han obtenido de ti * coronas de incorrupción * en su lucha, Dios nuestro. * Al tener, pues, tu fuerza, * han vencido a tiranos * y aplastado de los demonios * su abatida insolencia. * Por sus intercesiones, oh Cristo Dios, * salva nuestras almas.

