4º Domingo de Cuaresma

Domingo de San Juan Clímaco

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Himnos de la Liturgia

Tropario de la Resurrección

Tono 4

audio132Las discípulas del Señor aprendieron del Ángel
el alegre anuncio de la Resurrección, y
la sentencia ancestral rechazaron y
se dirigieron con orgullo a los apóstoles diciendo:
¡Fue aprisionada la muerte, Resucitó Cristo Dios
y concedió al mundo la gran misericordia!

Tropario de San Juan Clímaco

Tono 8

Con la efusión de tus lágrimas regaste el desierto estéril;
y por los profundos suspiros, tus fatigas dieron frutos cien veces más,
volviéndote un astro del universo, brillante con los milagros,
oh nuestro justo padre Juan;
intercede ante Cristo Dios para que salve nuestras almas.

 Condaquio de la Cuaresma

Tono 8

audio27A ti, María, te cantamos como victoriosa;
tu pueblo ofrece alabanzas de agradecimiento,
pues de los apuros, Theotokos, nos has salvado.
Tú, que tienes invencible y excelsa fuerza,
de los múltiples peligros libéranos.
Para que exclamemos a ti: ¡Alégrate oh Novia y Virgen!

 Lecturas Bíblicas

Carta del Apóstol San Pablo a los Hebreos (6: 13-20)

Hermanos: Cuando Dios hizo la Promesa a Abraham, no teniendo a otro mayor por quien jurar, juró por Sí mismo diciendo: Te bendeciré y te acrecentaré en gran manera. Y así (Abraham) aguardando con paciencia, alcanzó la Promesa. Pues los hombres juran por uno superior, y para ellos el juramento es la garantía que pone fin a todo litigio. Por eso Dios, queriendo mostrar más plenamente a los herederos de la Promesa la inmutabilidad de su decisión, interpuso el juramento; para que, mediante dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios no cumpla, tengamos un consuelo poderoso, los que buscamos el refugio al asirnos a la esperanza propuesta, la cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, que penetra hasta más allá del velo,adonde entró como precursor de nosotros Jesús, hecho Sumo Sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec.

 Evangelio según San Marcos (9: 17-31)

En aquel tiempo, uno de entre la gente se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, lo derriba, le hace echar espumarajos, rechinar los dientes y lo deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él le respondió y dijo: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo habré de soportarlos? ¡Tráiganmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces Él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.» Jesús le dijo: «Si puedes creer, todo es posible para quien cree.» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, Yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándolo con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y él se puso de pie.

Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con oración y ayuno.»

Mensaje Pastoral

 El poder de la fe

«Mi hijo tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, lo derriba, le hace echar espumarajos, rechinar los dientes y lo dejajesus_discipulos3 rígido.» Ante esta creación sufriente, Jesús mostró su compasión y voluntad de que «todos se salven y hacia el conocimiento de la verdad se adelanten» (1Tim 2: 4).

En los tres evangelios sinópticos (según san Mateo, Marcos y Lucas), la curación de este epiléptico sigue al suceso de la Transfiguración cuando Cristo se manifestó en su gloria ante los tres discípulos: Pedro, Juan y Santiago. Ellos quisieron quedarse más tiempo –o todo el tiempo– sobre el monte de Tabor: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mc 9: 5). Pero el Señor ignoró su propuesta y decidió bajar del monte de la Transfiguración con ellos para encontrarse con el hombre y sus angustias. La Gloria de Cristo, que se manifestó entre los discípulos –y por ellos sobre toda la Iglesia–, no es una ilusión pasiva y apática que satisface los sentimientos y emociones del hombre sino una Luz activa que enfrenta al mundo: enfrenta al dolor y lo transforma en consuelo y curación, enfrenta a la tristeza y la convierte en esperanza, enfrenta a la pasión y la transmuta en amor a Dios y al prójimo.

Sin embargo, los discípulos en aquel momento no podían atender la petición del padre para curar a su hijo: «He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Cristo atribuyó la impotencia a la falta de fe (de los discípulos y del padre), porque «si puedes creer, todo es posible para quien cree», como dijo al padre. Éste le respondió a Jesús con sensatez: «Creo Señor…», porque él seguramente se había enterado de todo lo que Jesús efectuaba; «ayuda mi poca fe», pues la magnitud de la enfermedad de su hijo (desde niño) limitaba su fe, por lo que, con un tono penitencial, clamó: «Creo, ayuda mi poca fe.»

El cristiano, ante la magnitud de la corrupción en el mundo presente, ante la tristeza de sus dolores, ante la fuerza de sus propios vicios y debilidades, se siente impotente como los discípulos y el padre de la lectura evangélica y, tocando las puertas de la esperanza, saca un clamor humilde y sincero: «Creo, Señor, ayuda mi poca fe.» Y el Señor le contesta: «Esta clase (el demonio de la incredulidad) con nada puede ser arrojada sino con oración y ayuno.»

En el desierto de la Cuaresma, precisamente con oración y ayuno, subimos al monte de la Transfiguración, donde la Luz de Cristo, día a día, purifica nuestro corazón, mente y cuerpo; y en cuanto alcancemos el glorioso día de la Resurrección, nuestro «ayuda mi poca fe» será transformado en «todo lo puedo en Cristo que me fortifica.» (Flp 4: 13).

Nuestra Fe y Tradición

 la Cuerda de Oración (Komboskini o Chotki)

OrthRosaryChotki1La razón principal para la cual se utiliza el Komboskini, es para ayudarnos en nuestras oraciones a Dios. Las mejores horas para la oración, son en la noche antes de dormirnos o temprano en las mañanas antes de salir a trabajar alguien podría decir que aún sin el Komboskini podemos elevar nuestras oraciones y es cierto. Pero muchas veces, tenemos tantas preocupaciones y problemas, que hasta olvidamos darnos tiempo para la oración. Es entonces cuando el Komboskini de muñeca o de bolsillo nos pueden ayudar, mientras caminamos, vamos en bus o metro, esperamos que nos atiendan o en los momentos de oración en nuestra casa. Llevando la cuerda de oración en su mano, el monje recuerda su tarea principal continuamente: orar incesantemente, algo que el Apóstol Pablo no sólo requirió de los monjes, sino de todo cristiano en general (ITes. 5:17). Esto explica porqué a un monje recientemente tonsurado, se le confía inmediatamente por el abad el cordón de oración con las siguientes palabras: “Acepta, hermano ……, la espada espiritual que es la palabra de Dios en el Jesús eterno, ora por que debes tener el nombre del Señor en tu alma, tus pensamientos, y tu corazón, y di siempre: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador.”  Todos aquéllos que buscan su salvación están invitados a este recuerdo incesante del nombre salvador de Jesús, tanto las personas comunes, como los monjes o monjas.

Vida de Santos

San Juan Clímaco

Memoria en la 4ta semana de cuaresma  (30 de Marzo)

0330-SAN-JUAN-CLIMACOA partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión e irradiación de espiritualidad.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, abad del monasterio de Santa Catalina, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tiene mayores datos.  En cuanto a sus primeros años, la carencia de noticias es total, sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa en el Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria.  Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés, y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo.

Finalmente, fue elegido abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí.  Se supone que durante esta época redactó, a petición del abad Juan de Raitu, su Santa Escala, a la que le debe su nombre de “Clímaco”. Llegado a una edad muy avanzada retorna a la vida solitaria hasta su muerte.

San Juan Clímaco nos ha dejado una “Escala” compuesta por treinta escalones, número de la edad de Cristo cuando comenzó su predicación, ya que el objeto de “la Escala”, como dice el mismo Clímaco, es “llegar a la madurez de la plenitud de Cristo.” Son escalones de virtudes que cada cristiano tiene que subir mirando siempre al escalón treinta, donde mora el Amor que es el mismo Cristo quien bendice nuestro ascenso.

Sentencias de los Padres del Desierto

  • San Juan Clímaco:  Dios da la oración a quien reza.
  •  Decía el abad Evagrio: «Si estás desanimado, ora. Ora con temor y temblor, con ardor, sobriedad y vigilancia. Así es preciso orar, especialmente a causa de nuestros enemigos  invisibles, que son malos y se aplican a todo mal, pues sobre todo en este punto de la oración se esfuerzan en ponernos dificultades».
  • Decía la abadesa Sinclética: «Nuestro enemigo es vencido más fácilmente por aquellos  que nada poseen. Porque a éstos no tiene por donde atacarles. Muchos, por el contrario,  fueron vencidos ante la angustia y la tentación que los apartaba de Dios, al serles arrebatados  el dinero y demás posesiones».

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Padre Juan R. Méndez ()

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