4° Domingo de la Cuaresma

Domingo de San Juan Clímaco

la Escala del Clímaco

Oh Justo, te apartaste del reprobable gozo mundano
y apagaste la carne con el ayuno,
renovando el impulso del alma
y enriqueciéndola con la gloria celestial.
 Por eso, intercede sin cesar por nosotros,
oh Juan de eterna memoria.

Exapostelario

Tropario de la Resurrección

Tono 4

icono_audioLas discípulas del Señor aprendieron del Ángel
el alegre anuncio de la Resurrección,
la sentencia ancestral rechazaron
y se dirigieron con orgullo a los apóstoles diciendo:
¡Fue aprisionada la muerte,
resucitó Cristo Dios y concedió al mundo la gran misericordia!

Tropario de San Juan Clímac

Tono 8

Con la efusión de tus lágrimas regaste el de­sierto estéril;
y por los profundos suspiros, tus fatigas dieron frutos cien veces más,
volviéndote un astro del universo, brillante con los milagros,
oh nuestro justo padre Juan;
intercede ante Cristo Dios para que salve nuestras almas.

 

Condaquio de la Cuaresm

Tono 8

icono_audioA ti, María, te cantamos como victoriosa;
tu pueblo ofrece alabanzas de agradecimiento,
pues de los apuros, Theotokos, nos has salvado.
Tú, que tienes invencible y excelsa fuerza,
de los múltiples peligros libéranos.
Para que exclamemos a ti: ¡Alégrate oh Novia y Virgen!

 

Carta del Apóstol San Pablo a los Hebreos (6: 13-20)

Hermanos: Cuando Dios hizo la Promesa a Abraham, no teniendo a otro mayor por quien jurar, juró por Sí mismo diciendo: Te bendeciré y te acrecentaré en gran manera. Y así (Abraham) aguardando con paciencia, alcanzó la Promesa. Pues los hombres juran por uno superior, y para ellos el juramento es la garantía que pone fin a todo litigio. Por eso Dios, queriendo mostrar más plenamente a los herederos de la Promesa la inmutabilidad de su decisión, interpuso el juramento; para que, mediante dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios no cumpla, tengamos un consuelo poderoso, los que buscamos el refugio al asirnos a la esperanza propuesta, la cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, que penetra hasta más allá del velo, adonde entró como precursor de nosotros Jesús, hecho Sumo Sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec.

 

Evangelio según San Marcos (9: 17-31)

En aquel tiempo, uno de entre la gente se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, lo derriba, le hace echar espumarajos, rechinar los dientes y lo deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él le respondió y dijo: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo habré de soportarlos? ¡Tráiganmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces Él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.» Jesús le dijo: «Si puedes creer, todo es posible para quien cree.» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, Yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándolo con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y él se puso de pie.

Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con oración y ayuno.»

Poca fe mueve montañas

Cada uno de nosotros al escuchar la lectura del Evangelio de hoy, se identifica con los apóstoles que sufrían por la falta de fe y la duda. Pero la lectura de este domingo, el cuatro de la Cuaresma, nos enseña que la duda es en verdad el primer paso en el camino hacia la fe; y podemos superar esta debilidad orando a Dios, con humildad, tal como lo hizo el padre del niño que hoy exclamó al Señor: “Ayuda a mi poca fe”.

Cada uno de nosotros tiene esa “poca fe” por lo que necesita pedir la fuerza del Señor Jesucristo pasando hacia la fe que existe en una relación activa con Dios por medio de la oración y el ayuno; Puesto que el ayuno, igual que la oración, hace que Dios, quien no está aparecido frente a nuestros ojos, se haga presente en nosotros. Entonces, la lectura de hoy nos enseña a correr hacia Dios, el único Todopoderoso, antes de empezar cualquier acción de un modo que nuestra vida, acompañada con la oración y el ayuno, forme la prueba de que Dios está presente en nosotros.

Aprendemos también de la lectura de hoy que la gracia de hacer milagros no está dada a cada cristiano individualmente sino a la Iglesia; por eso no tenemos que pensar que al hacer largas oraciones y pasar la vida en ayuno se logran los milagros: orar y ayunar son acciones que hacemos continuamente para explicar nuestra abnegación dando a Dios toda nuestra vida para que sea nuestra voluntad como la de Él.

Aunque nuestra fe sea poca, no tenemos que temer sino que hacer de esta fe la base de toda nuestra vida. Lo que esta lectura nos dice es que la fe no es solamente en la fuerza de Dios y su poder, sino también en nuestra misión en el mundo; la misión que empieza en obras espirituales como la oración y el ayuno y culmina en ayudar al prójimo y cambiar el mundo. Será pues más fácil creer que Dios existe y hace maravillas que pensar que nosotros tenemos esta facultad divina. Nuestro ministerio será fundar la relación de Dios con el mundo para que esté Él con nosotros para siempre.

No tengamos miedo por tener poca fe; cada uno es responsable de guardar la semilla de su fe y regarla con las buenas obras, con la oración y con el ayuno para que dé frutos espirituales y milagros divinos que ayuden a la salvación de todos.

Rev. Archimandrita Andrés Marcos
Abad del Monasterio San Antonio el Grande
Jilotepec, México

San Juan Clímaco

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión e irradiación de espiritualidad.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, abad del monasterio de Santa Catalina, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tiene mayores datos.  En cuanto a sus primeros años, la carencia de noticias es total, sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa en el Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrios, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria.  Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés, y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo.

Finalmente, fue elegido abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Se supone que durante esta época redactó, a petición del abad Juan de Raitu, su Santa Escala, a la que le debe su nombre de “Clímaco”. Llegado a una edad muy avanzada retorna a la vida solitaria hasta su muerte.

San Juan Clímaco nos ha dejado una “Escala” compuesta por treinta escalones, número de la edad de Cristo cuando comenzó su predicación, ya que el objeto de “la Escala”, como dice el mismo Clímaco, es “llegar a la madurez de la plenitud de Cristo.” Son escalones de virtudes que cada cristiano tiene que subir mirando siempre al escalón treinta, donde mora el Amor que es el mismo Cristo quien bendice nuestro ascenso.

¡Concédeme no juzgar a mi hermano!

Un laico vino al monasterio para hacerse monje, pero, por su negligencia, no lo aceptaban. Él, atraído por la comodidad que tenía en aquel monasterio, rogaba  por ser aceptado, cuando menos como un trabajador.

Así pasó allí muchos años hasta que le llegó la hora de su muerte. Los monjes lo rodeaban con atención y amor. Un día, estando en la cama, les platicó lo que vio en una visión:

“el Arcángel Miguel agarraba un pergamino donde tenía escritos todos mis pecados y me decía: ‘Todo lo que lees aquí, lo has cometido, por eso prepárate para el infierno.’ Yo le pregunté: ‘¿entre lo que ves, hay pecado de juzgar?’ El arcángel contestó que no. Le dije: ‘entonces no tengo que pasar al infierno, conforme a lo que el Señor dice: no juzguéis para no ser juzgados’ enseguida el arcángel rompió el pergamino de mis pecados.”

El hermano siguió platicando: “cuando me dijeron que yo no funcionaba como monje en el monasterio, trabajaba como laico y participaba en la Divina Liturgia todos los domingos. En uno de ellos escuché el Evangelio que dice: “no juzguéis para no ser juzgados”, pensé en mi mismo: ‘oh miserable y negligente, por lo menos guarda este mandamiento.’ Y veo que dicha observación, aún sin cansancio, me posibilitó la salvación.”

 Al terminar estas palabras, entregó el alma al Arcángel Gabriel afirmándonos otra vez más lo importante que es la adquisición de esta virtud. Y, como dice San Juan Clímaco: “nadie se apresura a enterrar al muerto de su vecino mientras el suyo está en  casa.”

La oración cuaresmal

Por San Efrén el Sirio

Oh Señor y Amo de mi vida, líbrame del espíritu de pereza, de indiscreción, de vanagloria y palabra inútil.

Mas regálame a mí, tu siervo, el espíritu de castidad, humildad, paciencia y de amor.

Sí, Señor y Rey, concédeme percibir mis propias faltas, y no juzgar a mi hermano; porque bendito eres por los siglos de los siglos.  Amén. 

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Padre Juan R. Méndez ()

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