A cerca del “Evangelio de Judas”

Artículos, Sagradas Escrituras

A CERCA DEL “EVANGELIO DE JUDAS”
EL ABUSO DE LAS VERDADES DEL EVANGELIO PARA CREAR UN EVENTO MEDIÁTICO

Por Dr. Daniel Ayuch
Profesor Asociado de Sagradas Escrituras
Instituto de Teología San Juan Damasceno
Universidad del Balamand
www.danielayuch.com

 

Traicion_de_JudasDurante el mes de Abril de 2006 el canal de televisión National Geographic emite asiduamente (dos veces por semana) un documental titulado “El evangelio de Judas.” El tema de este programa ha sido ampliamente difundido en las revistas y diarios nacionales e internacionales y pone en tela de juicio la historicidad del Nuevo Testamento y la credibilidad de la doctrina de la Iglesia. En el período en que los cristianos del Oriente y Occidente festejan la fiesta más importante del año, la Pascua de Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, una vez más los medios de comunicación se interponen para distraer la atención hacia temas que intentan poner en duda el valor de los tesoros tradicionales del Cristianismo. Esta vez, a diferencia del best seller de Dan Brown o del taquillero film de Mel Gibson, la atención recae sobre la persona de Judas y lo que se dio a llamar como “El evangelio de Judas.” Cuál es el origen de este documento, cuándo y dónde fue escrito, qué contiene y qué relevancia tiene para el Cristianismo y para la comunidad científica, son algunas de las preguntas que trataremos en este artículo. Por otra parte discutiremos algunas de las especulaciones más defendidas por el programa televisivo.

La única copia del “evangelio de Judas” que conocemos hasta ahora fue encontrada en una gruta cercana a la ciudad de Minia (Egipto) en los años setenta del siglo pasado. Un anticuario de Zurich la compró en el año 2000. El manuscrito se compone de 31 páginas escritas en copto, que es una lengua egipcia antigua del tiempo del imperio romano y con grandes influencias del griego clásico. Un equipo de investigadores bajo la dirección del profesor Rudolf Kasser, profesor de copto y emérito de la Universidad de Ginebra, trabajaron en la restauración y traducción del mismo. A través de la prueba del Carbono 14 pudieron ubicar el manuscrito en el período que va de la segunda mitad del siglo tres hasta la primera mitad del siglo cuatro después de Cristo. Existe un número importante de manuscritos descubiertos en Egipto, tales como el evangelio de Tomás, el evangelio de los egipcios, el evangelio de Felipe, el evangelio de María Magdalena, el evangelio de la verdad. Estos documentos que se dieron a llamar “evangelios” forman parte de la famosa biblioteca de Nag Hammadi que fue descubierta en 1945 y cuyos textos fueron publicados en traducciones completas por primera vez a partir de 1978.

Todos estos escritos coptos descubiertos en la modernidad pertenecen a las comunidades gnósticas que eran particularmente importantes en Egipto antiguo. El término gnóstico proviene del griego gnosis que significa conocimiento. Los gnósticos creían en la existencia de una fuente superior de la bondad llamada la Mente Divina. Cada ser humano lleva consigo una chispa de esta mente divina pero el mundo material le imposibilita reconocerla. Para los gnósticos no era suficiente afirmar que el mundo material es inferior, tal como enseñaban la mayoría de los sistemas filosóficos griegos, sino que iban mas allá y señalaban que este mundo material es malo, sea cual fuera la causa de su existencia: Satanás, un dios creador, un demiurgo o un dios malo. Todas las cosas en relación con la materia, tales como el cuerpo, el matrimonio y las relaciones sexuales, son intrínsicamente malas.

Una de las mayores diferencias entre el Cristianismo y el gnosticismo radica en la doctrina del origen del mal en el mundo. Los cristianos creen que Dios es bueno y que creó un mundo bueno. El hombre ha abusado de la libertad otorgada y ha introducido el pecado y la corrupción al mundo; lo que causó el sufrimiento y el desorden. Los gnósticos, sin embargo, atribuían la existencia del mal al dios creador, quien tuvo la intención de establecer un mundo corrupto. Así, éstos entendían que algunos de los personajes del Antiguo Testamento eran realmente modelos a pesar de los malos actos que cometieron en sus vidas. Mencionemos por ejemplo a Caín que mató a su hermano Abel y a Esaú que cambio su primogenitura por un plato de lentejas y persiguió por años a Jacob. Por lo tanto, la persona de Judas y su rol desfavorable en contra de Jesús cuadra perfectamente en el pensamiento gnóstico que enseña el consentimiento divino a la existencia del mal en el mundo. Esto explica porqué la iglesia primitiva rechazó estas doctrinas que disienten por completo con la visión cristiana de la creación. Cualquier conclusión que intente explicar este rechazo de otra manera es muy probablemente una lectura ficticia y tendenciosa de los hechos.

Las agrupaciones gnósticas eran de carácter elitista, cerradas al mundo y sólo dispuestas a adoctrinar a sus iniciados. Se consideraban elegidos y diferentes de cualquier otro tipo de grupo religioso. Ésa es la razón principal por la que la literatura gnóstica permaneció secreta y oculta. Resultaría impreciso clasificar a los documentos gnósticos como escritos meramente “cristianos” puesto que el gnosticismo era un movimiento sincretista, es decir que combinaba las creencias de diferentes religiones y escuelas filosóficas tales como el Cristianismo, el Judaísmo, las religiones romanas y la filosofía griega. El “evangelio de Judas” pertenece a esta categoría de documentos y tiene un gran valor histórico para aquellos que investigan las creencias gnósticas pero no suponen ningún desafío para el cristianismo tal como lo enseña la iglesia.

Lo que el documental anteriormente mencionado afirma a cerca del “evangelio de Judas” es más que afín a las creencias del gnosticismo. En este escrito, Judas es el único que sabe y conoce. Por ello, es él quien recibe de Cristo la orden de “sacrificarás el hombre que me reviste.” Efectivamente, este texto gnóstico muestra un Jesús que está lejos de ser un verdadero hombre, sino que más bien se reviste de un cuerpo humano del cual Judas habrá de liberarlo. Además, Judas sabe que toda la humanidad lo rechazará para siempre, a excepción de los gnósticos que lo conocen y saben el contenido de su evangelio.

San Ireneo de Lyon (mártir en el 200 d.C.) mencionó la existencia de las agrupaciones gnósticas en su libro “contra las herejías.” Allí escribió a cerca de una secta llamada de los cainitas. En el libro 1, capítulo 31 San Ireneo menciona que los cainitas insistían en el conocimiento especial de Judas y que este último cumplió una misión secreta cuando entregó a Jesús a las autoridades judías y que todo esto estaría mencionado en un relato ficticio que ellos dieron el nombre de evangelio de Judas. Sin embargo, nosotros no podemos afirmar con certeza que “el evangelio de Judas” mencionado por Ireneo sea el mismo documento que tenemos ahora y que es estudiado por el documental de la National Geographic. Todavía se desconoce la fuente de este documento: ¿fue escrito en griego primeramente y luego traducido al copto o es que se trata de un texto copto auténtico?

¿Qué veracidad histórica tendría entonces “el evangelio de Judas”? Si consultamos los Evangelios canónicos veremos que los mismos están en desacuerdo respecto a la causa que llevó a Judas a entregar a Jesús. Mateo relata que Judas entregó a Cristo por dinero (Mt 26:14-15), mientras que Marcos no menciona la razón. Lucas y Juan afirman que Satanás entró en él y lo llevó a entregar a Cristo (Lc 22:3; Jn 13:27). Tampoco encontramos un relato unificado a cerca de la muerte de Judas. Según el Evangelio de Mateo, Judas se ahorcó (Mt 27:5). Por otra parte, Hechos de los Apóstoles menciona que Judas “adquirió un terreno, y cayendo de cabeza se reventó por el medio, y todas sus entrañas se derramaron” (Hch 1:18). Las diferencias de detalle en estos relatos se deben sobre todo al hecho de que el Nuevo Testamento no se preocupa tanto por demostrar la veracidad histórica de lo que narra, sino que más bien le interesa remarcar su sentido teológico. En los relatos es común denominador que fue Judas quien lo entregó y que Judas después se separó del grupo de los 12 apóstoles. Estos dos puntos toman aún mayor veracidad histórica gracias al contenido de las divergencias del detalle porque confirman tradiciones diferentes que dan un testimonio común. Esto es lo que la historiografía moderna llama el principio del testimonio múltiple. Finalmente, los autores del Nuevo Testamento presentan en todos los casos una lectura “creyente” más que meramente histórica. Esta lectura creyente se completa en la totalidad del canon bíblico y no en una lectura tendenciosa de un solo pasaje.

Aquí llegamos a un punto delicado en las deducciones del documental publicado: el Nuevo Testamento y especialmente el Evangelio de San Juan serían responsables de las diferentes acciones antisemitas cometidas contra el pueblo judío a lo largo de la historia. Y se deduce que el Evangelio de Judas podría ahora aportar un cambio puesto que este personaje (cuyo nombre en hebreo es muy similar al de “judío”) rescataría su rol positivo entre los discípulos. Este tipo de análisis está completamente fuera de contexto y se entiende solamente si se aplica un método de interpretación literal a las Escrituras. Además, si aplicásemos el mismo método exegético literal en el Antiguo Testamento, se podría llegar a deducir que el Antiguo Testamento enseña el odio contra las naciones no judías, o que justifica matar para conseguir una tierra supuestamente otorgada por derecho divino. Es por ello que los textos de la Biblia no pueden ser leídos sino dentro de su contexto canónico según lo ha dispuesto la Tradición de la Iglesia y haciendo uso de la razón y el espíritu crítico. Ni el Nuevo Testamento ni ningún texto bíblico permiten el odio contra el ser humano, ni enseñan el racismo ni la discriminación. Basta con decir la síntesis de la interpretación de las Escrituras que Jesús nos presenta en Mateo:

Pero al oír los fariseos que Jesús había dejado callados a los saduceos, se agruparon; y uno de ellos, intérprete de la ley, para ponerle a prueba le preguntó: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? Y Él le dijo: AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE. Éste es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. (Mt 22:34-40)

Aquí vemos un Jesús que enseña que la relación del ser humano con Dios y con el prójimo está basada principalmente en el amor tal como lo entienden las Sagradas Escrituras. Sin duda, el Evangelio de Judas presenta una interpretación muy diferente de Jesús. Una interpretación que el evento mediático de hoy intenta llamar “auténtica”. Sobre todo el documental del que todo el mundo habla hoy, se vale de la polisemia de la palabra “auténtico” para confundir más y más al espectador. ¿Que significado tiene decir que el manuscrito sea auténtico? ¿Es que acaso se insinúa que fue Judas quien lo escribió? ¿O que el relato a cerca de quién es Jesús es auténtico? ¿O simplemente significa que el manuscrito es auténticamente un escrito gnóstico de la antigüedad, y mas precisamente de los siglos III o IV d.C.? Los especialistas saben que es éste el único grado de autenticidad que se le puede otorgar al manuscrito y que pensar en una autoría auténtica o en un relato auténtico de la persona de Jesucristo o de los apóstoles está muy lejos de ser probable.

Sin duda alguna, los resultados de la investigación a cera del “evangelio de Judas” contribuirán con su grano de arena para una mejor comprensión de los movimientos religiosos y filosóficos del imperio romano contemporáneos al Cristianismo antiguo. Por otra parte, el manuscrito difícilmente contribuirá al conocimiento que ya tenemos de Judas Iscariote, puesto que no se fundamenta en hechos históricos creíbles. Además, este documento no afecta en lo más mínimo la esencia de la fe cristiana a pesar de lo sostenido por la propaganda del programa televisivo.

La insistencia permanente de los productores del programa a cerca de una probable conspiración por parte de la Iglesia para impedir la revelación de algunos hechos privados de Jesús y sus discípulos y cuyo iniciador habría sido el mismo San Ireneo, carece por supuesto de todo fundamento científico e histórico; aún cuando las teorías de conspiración resulten tan atractivas para las casas editoriales y para los grandes productores cinematográficos. En realidad, cualquier ciudadano puede comprar una copia de los evangelios gnósticos en una buena librería.

Las teorías de conspiración han resultado ser muy remunerativas en los años noventa cuando el aparato mediático internacional insistió en revelar los “secretos” de los manuscritos de Qumrán, también llamados los manuscritos del Mar Muerto. También el libro de Dan Brown que pretendió revelar “los secretos” de Jesús y la Iglesia, resultó ser un suceso sin precedentes en el mercado. No es casualidad que la fecha elegida para revelar los textos del “evangelio de Judas” coincida con las celebraciones de Pascua y poco antes del lanzamiento mundial de la película “El código Da Vinci” programado para el 19 de Mayo de 2006. Esta estrategia de marketing conduce a la gente a la fiebre del consumo colectivo, lo cual trae consigo grandes ganancias para la industria mediática aún cuando todo esto sea a expensas del Evangelio y la Fe Cristiana.

Cabe agregar finalmente, que este tipo de teorías a cerca de Judas no son nuevas. Son muchas las variantes de Judas que han ido surgiendo en la modernidad ya cansada de la clásica idea de un Judas traidor que fue tan desgastada por las artes y la literatura. Así por ejemplo, tenemos el musical Jesucristo Superstar de 1973 en el que Judas está representado por un hombre negro que dice al entregar a Jesús: “En verdad, no he venido aquí por mi voluntad” insinuado su desacuerdo a la entrega. También se puede mencionar la novela de Nikos Kazantzakis “La última tentación de Cristo” de 1951 que fue llevada al cine por Martin Scorsese en 1988. En ambas obras, Judas es un poco la conciencia de Cristo y le insta a llevar a cabo su misión mesiánica, es decir, organizar una revuelta con el pueblo a partir de Jerusalén. En este contexto podemos mencionar también la famosa novela de Taylor Caldwell titulada “Yo, Judas” de 1977.

Desde hace mucho tiempo que las acusaciones en contra de la Biblia se han ido incrementando. Mas aún, desde fines del siglo pasado los textos que ponen en duda algunos aspectos de la persona de Jesucristo también se han multiplicado. Sin embargo, la Biblia permanecerá siempre inmutable frente a estos desafíos puesto que su mensaje es consistente y coherente en todos sus componentes. El objetivo principal de la Biblia es proclamar el amor divino y las obras que Dios hizo por el hombre a través de Jesucristo y el Espíritu Santo en la Iglesia. Quien haya estudiado científicamente la Biblia sabe muy bien que es imposible considerarla como un libro que falte a la verdad o que lleve a la confusión; muy por el contrario, la Biblia es un libro genuino y auténtico que se dirige a toda la humanidad y que llama a contemplar las buenas cosas que Dios puso en el corazón de los hombres y en toda la Creación.

Dr. Daniel Ayuch

18 Abril 2006

Penitencia y Confesión

Artículos, Fe y Tradición

El artíclulo, escrito por el Archimandrita Ignacio Samaán, es tomado del libro “Atrios del Señor”, Editado por nuestra Arquidiócesis

confesion

 

Misterio

La palabra misterio, en el sentido sacramental, indica la entidad o realidad que está oculta a los no creyentes, y que es concebida y asimilada en la comunión de la Iglesia. San Nicolás Cabasilas describe los Sacramentos como canales celestiales por medio de los cuales el Señor introduce a los fieles en su Reino, una puerta que se nos abre a la Presencia del Señor.

El Misterio, a fin de cuentas, es la providencia salvífica de Dios, es Cristo (Col 2: 3), «el misterio mantenido en secreto durante siglos eternos» (Rom 16: 25. Véase también Ef 1: 9-10; Ef 3: 5, 6, 9), es el misterio del amor infinito de Dios. Toda obra efectuada en el Espíritu Santo por la edificación de la comunidad es un misterio en la concepción ortodoxa.

Penitencia

El vocablo griego μετάνεια (metania), que significa «penitencia», está compuesto por dos palabras: μετα cuyo significado es «cambio», y νοός que indica «el ojo espiritual del alma», por lo que la penitencia es el cambio de mentalidad, actitud y curso de vida. Es un cambio existencial realizado no por fuerzas humanas, sino por el poder divino. Esta penitencia verdadera es un retorno del ser humano hacia su estado natural. Cuando el hombre vuelve a su propia naturaleza, la comunión con Dios se hace posible y se efectúa la reconciliación.

Los Padres aseguran que ella ha de ser constante hasta la muerte. Dice san Isaac el Sirio: «La penitencia es necesaria para cualquiera que procura la Salvación, sea pecador o justo; porque la perfección no conoce límites. Aún la perfección de los adelantados espiritualmente mengua. Por eso la penitencia no cesa sino hasta la muerte.» La literatura monástica nos platica de san Sisoe: cuando estaba por apartarse de este siglo, su rostro radiaba como el sol. Los padres lo cercaban y él les dijo: «He aquí que veo a los ángeles acercándose para llevarme, y yo les suplico me dejen un rato más para arrepentirme.» Los ancianos le decían: «Tú no necesitas de arrepentimiento, padre nuestro.» Les contestó: «En verdad, dudo si lo he iniciado.» Entonces todos comprendieron qué sublime estatura de santidad había alcanzado.

Y para comprender la constancia de la penitencia, hay que deshacerse de la concepción superficial que la identifica con mera culpabilidad por cierta actitud dañina, o con un dolor o temor ante heridas que nos podemos haber provocado a nosotros mismos o al prójimo. Si bien estos sentimientos son elementos necesarios, no son en sí la penitencia total, ni siquiera su dimensión más esencial. La penitencia no necesariamente es una crisis emocional, sino es la centralización de nuestra vida con base en un eje nuevo: la Santa Trinidad. San Teófano el Recluso dice: «Mientras la habitación esté inmersa en la oscuridad, jamás advertiremos su inmundicia; pero en cuanto sea iluminada con una luz vigorosa, podremos ver hasta el grano de polvo más minúsculo. Lo mismo pasa en la habitación de nuestra vida, pues el orden de las cosas no consiste en arrepentirse para luego comprender a Cristo sino, más bien, la luz de Cristo que penetra en nuestra vida nos hace percibir de un modo verdadero nuestro pecado personal.» Da testimonio de este orden espiritual la visión del profeta Isaías: primero observa al Señor sentado en el Trono y escucha a los Serafines decir: «¡Santo, Santo, Santo!», luego se lamenta diciendo: «¡Hay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» (Is 6: 1-5) El inicio de la penitencia es observar la belleza y gloria de Dios, no la fealdad y miseria mía. San Pablo dice: «La tristeza que es según Dios produce un irreversible arrepentimiento para la Salvación» (2Cor 7: 10). Entonces, no se trata de una tristeza melancólica que mira hacia nuestros defectos sino arriba, hacia el amor de Dios; no atrás con remordimiento y culpabilidad sino adelante con confianza y gratitud; no observamos lo que no hemos podido cumplir, más bien, lo que podremos realizar por la Gracia de Cristo.

La vida cristiana no consiste en acatar ciertos mandamientos, porque la ley antigua se transformó en ley espiritual escrita sobre las tablas de nuestro corazón. Obedecemos, pues, a Dios no por temor ni buscando recompensas, sino porque lo amamos. Nos arrepentimos no porque hemos trasgredido cierta ley sino porque buscamos constantemente a Dios. Pecamos no al desobedecer algún mandamiento sino al empobrecernos en amor y al vivir lejos de su Gracia. El padre confesor ayuda al creyente para descubrir lo negativo que ha hecho, pero además lo positivo que ha dejado de practicar. Este paso primero, que es el más difícil, consiste en que el hombre reconozca interiormente su pecado. Dice san Isaac el Sirio: «El que reconoce su pecado es más importante que el que resucita a un muerto.»

Confesión

La confesión es la expresión de la penitencia efectuada de antemano en el alma. El hombre se arrepiente en lo profundo de su ser, y esto lo estimula hacia la confesión total. Dice san Juan el Evangelista: «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1: 8-9).

En la Iglesia primitiva, la confesión se practicaba ante toda la asamblea; pero, posteriormente y por razones de índole pastoral, a partir de una orden del patriarca de Constantinopla Nectario, la práctica comunitaria de la confesión fue disminuida en dicha ciudad, y paulatinamente en los demás patriarcados; y se concluyó definitivamente que la confesión de los pecados se realizara ante el sacerdote de una manera individual, debido a que el presbítero, además de escuchar la Confesión, guía e instruye de una forma que hace de la confesión una renovación o prolongación del santo Bautismo. «Me atrevo a decir que el manantial de lágrimas que surge después del Bautismo es aún más importante que el mismo: nosotros, que recibimos el Bautismo desde infantes, volvemos a mancillarlo; sin embargo, por medio de las lágrimas lo devolvemos a su pureza original», dice san Juan Clímaco.

San Siluán de Athos dice: «¿Cómo sabes que Dios te ha perdonado los pecados? Si odias el pecado, si tienes compasión del pecador, si te alegras con el que se arrepiente por sus faltas, si perdonas a tus deudores, todo ello indica que Dios te ha perdonado. Si amas significa que el amor de Dios mora en ti. El penitente es quien padece con todos los hombres y, especialmente, con los que no conocen a Dios.»

¿No es suficiente confesarse ante Dios?

Dice Santiago, hermano del Señor: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros para que seáis curados» (Sant 5: 16). San Doroteo de Gaza (Siglo VII) enfatiza que quien no tiene un guía en su vida espiritual asemeja a una hoja en el otoño que, al ser privada del alimento del árbol, se seca y cae de la rama, y en consecuencia es pisoteada y menospreciada. «Al que encubre sus faltas, no le saldrá bien; el que las confiesa y abandona, obtendrá piedad», dice el libro de los Proverbios (Prov 28: 13).

El cristiano se arrepiente ante Dios y los hermanos, y su arrepentimiento procura reconciliación. El sacerdote, como representante de la comunidad de los fieles, es testigo, guía y ministro del Misterio: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20: 23). Esta sentencia no se debe entender desde una perspectiva legal o protocolaria, más bien, como un don espiritual que ha sido otorgado a los discípulos para guiar las almas hacia la penitencia. El sacerdote no es el dueño del perdón sino el servidor del Misterio. Dios es quien perdona las transgresiones de los hombres, y el sacerdote pide por ello en el Nombre de Cristo Jesús: «Hijo espiritual mío, que a mi indignidad te confiesas: no puedo yo, indigno y pecador, perdonar ningún pecado sobre la tierra, sino Dios es Quien te los perdona. Mas, fiándome en aquella voz divina que recibieron los Discípulos después de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y que decía: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”, digo que todo lo que tú has confesado a mi humilde persona y todo lo que no has dicho por ignorancia u olvido, y cualquiera que fuese, que te lo perdone Dios en el presente tiempo y en el venidero» (Eucologio, Sacramento de la Confesión).

La confesión no se debe observar desde la perspectiva del castigo y de la justificación sino, más bien, como alivio y curación. El hombre solo es incapaz de conseguir la salvación (justificación) por un esfuerzo propio –llámese «confesión» u cualquier otro nombre–, por lo que la penitencia jamás será un medio de expiación sino una medicina, y la confesión una operación quirúrgica que procura llevar al enfermo hacia la plena sanidad. Se trata, entonces, de actitudes positivas y no negativas: no  de quebrantar el muro que separa al pecador de Dios, sino de construir puente que lo comunique con Él.

¿Por qué llamamos «padre» al sacerdote, si sabemos que Dios únicamente es el Padre (Mt 23: 9)?

En su carta, san Pablo dice a los corintios: «No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos. Pues hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús. Os ruego, pues, que seáis mis imitadores» (1Cor 4: 14-16). San Juan Crisóstomo, comentando estas palabras de san Pablo, enfatiza que la diferencia entre el pedagogo y el padre está en que éste se encarga de su hijo, lo cuida constantemente y da su vida por él. Y en otra ocasión, él mismo dice: «Es cierto que Dios es el único Padre, el único Santo, como fuente de paternidad y de santidad. El padre espiritual –o el santo– de esta fuente obtiene su paternidad, habiendo recibido el don del Espíritu Santo.» La Tradición eclesiástica consiste en trasmitir la fe a través de la paternidad, por lo que el sacramento de la Confesión es el misterio de la renovación del nacimiento espiritual.

La práctica ortodoxa de la Confesión

Como ocurre en todos los Sacramentos, así también en el de la Confesión, el sacerdote jamás emplearía la fórmula: «Yo te absuelvo de tus pecados», sino que pide humildemente que el Señor acepte la confesión de los fieles: «Oh Señor, Dios nuestro, quien has concedido a Pedro y a la adúltera el perdón de los pecados por medio de las lágrimas, y has justificado al publicano cuando reconoció sus culpas, acepta la confesión de tu siervo (N…) […] pues a Ti sólo pertenece el poder de remitir los pecados […]» (Eucologio, Sacramento de la Confesión). La confesión es dirigida a Dios: «Cristo está presente invisiblemente para escuchar tu confesión.» Y Dios es quien perdona y otorga en abundancia su misericordia.

El padre confesor es hombre de oración que tiene paz interior y procura encaminar a los fieles en las sendas del Señor. Por eso, la Confesión es concebida como un contacto personal, una relación viva entre padre e hijo, en la que no hay necesidad de separadores ni de confesonarios; basta tener en esta reunión el icono de nuestro Señor Jesucristo que confirma su Presencia. Es bueno, pues, darnos vergüenza por el estado pecaminoso y el comportamiento indebido que tenemos, pero aún es mucho más importante tener la humildad para confesarlo, y el deseo y la esperanza para corregir el camino: «Dad frutos dignos de conversión» (Lc 3: 8).

La oración de la absolución es otorgada al confesado como un sello de alegría de la Gracia de Dios que lo acompañará en su lucha espiritual, y no es, por tanto, un arma mágica de justificación. Entonces, la costumbre de pedir absolución antes de la Comunión sin confesarse propiamente es ajena a la Tradición de la Iglesia. El sacerdote recita en una oración del Oficio: «[…] no te preocupes en cuanto a los pecados que has confesado, sino que vete en paz.» La absolución es el sello de la Confesión sacramental y no un protocolo preparatorio antes de la Comunión. Ni una sola vez el hombre puede aproximarse a la santa Comunión con una sensación de estar «justificado»; y todas las oraciones y plegarias, personales y comunitarias, piden por «el perdón y la remisión de nuestros pecados y ofensas», como decimos en la Letanía. Entonces la frecuente Comunión no implica frecuente «absolución» sino constante penitencia y «espíritu contrito»; sin embargo, en ciertos momentos de pesadez en el corazón y de gravedad en la conciencia, el hombre necesita acudir a la medicina de la confesión; es entonces cuando el padre confesor ora sobre la cabeza del penitente la absolución confirmando la reconciliación con la Iglesia y la reincorporación en el Cuerpo del Señor. Únicamente en ocasiones de enfermedades graves o mentales se otorga la absolución sin confesión previa.

Conclusión

La Iglesia nos estimula a practicar asiduamente la Confesión para descubrir la profunda alegría de la penitencia; en cambio, la negligencia en frecuentar el Sacramento nos hace perder la armonía de nuestra marcha espiritual. Por la Confesión, las ventanas del alma se abren para recibir con humildad y agradecimiento la luz de Cristo que penetra e ilumina cualquier oscuridad.